lunes, 12 de diciembre de 2011

El mito de Quetzalcóatl




Gracias a la “fatalidad” que ha vinculado el quehacer historiográfico de Florescano con las múltiples recargas simbólicas inherentes a Quetzalcóatl, los estudios mesoamericanistas recibieron un nuevo impulso para realizar ejercicios comparativos,desde luego, más allá de los radicalismos difusionistas. En el capítulo V de su libro El mito de Quetzalcóatl (1995: 291) propone revelar “las semejanzas sorprendentes en los símbolos, los ritos y los mitos” entre los dioses de la vegetación del Viejo Mundo y la deidad mesoamericana. Dumuzi, Tammuz, Osiris, Adonis y Perséfone son parte de este breve, pero sugerente, exámen comparativo que ya había anunciado en sus primeros ensayos sobre el tema. Observa que tanto “en los mitos mesopotámicos y egipcios como en los griegos y mesoamericanos, la secuencia narrativa del relato repite la temporalidad que adapta el proceso biológico de la gestación de las plantas, con las variantes propias del clima y del cultivo (ibid.: 359). De la misma manera que en Egipto Osiris fue reverenciado como el propagador de la agricultura, en Mesopotamia y Grecia ésta es un don de las actividades terrestres, que se asocia al protagonismo de los héroes culturales.

Asimismo en Mesoamérica, advierte Florescano, “el dios del maíz es sinónimo de vida civilizada”. Ciertamente, esta divinidad (que  originalmente se llamó Hun Nal Ye) mudó de nombre, de símbolos y cultos. Fue, sucesivamente, conocida como 9 Vientos, Ehécatl, Kukulkán, Ná Cxit, Quetzalcóatl y Hun Hunahpu. “Muchas veces su nombre y su culto se mezclaron con los de otros dioses y el culto del antiguo dios del maíz recibió a su vez la influencia de nuevos dioses y cultos” (op. cit.: 367),mutación denominativa, cambio de máscaras, adopción de nuevos disfraces que corresponden plenamente con el carácter cambiante del pensamiento mítico.

Desde luego, en su análisis el autor incorpora el mito del primigenio ser andrógino dividido en dos (el cielo y la tierra) por Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, concepción creacionista que la cosmovisión mesoamericana comparte con las de Egipto y Mesopotamia. En este trazo comparativo establece también similitudes entre los misterios de Eleusis (como se sabe, el sitio donde se erigió el templo dedicado a Deméter,en el que se realizaban ritos vinculados con el tránsito vida-muerte) y el culto que en torno a la aparición anual de la planta de maíz se celebraba en la ciudad maya de Copán.

Advierte en tal sentido que en el ritual de Eleusis la “representación de la semilla del trigo adquiría el sentido de una revelación única, destinada al grupo privilegiado. El proceso litúrgico convertía paso a paso la semilla vegetal en un objeto sagrado, y los fieles descubrían que el sentido último de los cereales era volverse carne de los seres humanos” (op. cit.: 360-361).

Siguiendo esta perspectiva comparativa, en su más reciente ensayo Florescano (2004: 35-37) equipara las imágenes del dios olmeca del maíz (representado como mazorca) con “las fuerzas de la naturaleza esenciales para la supervivencia humana” (el elen vital) que Jacobsen identifica en el proceso de creación de los dioses mesopotámicos.

En este cotejo analítico traza también semejanzas con la cultura moché de Perú, advirtiendo que la cara de Ai-apaec (la deidad del maíz) es representada como una mazorca de la cual “brotan sus vástagos”. Ciertamente, atendiendo a la observación que López Austin (1992: 272) formulara hace más de una década, el ciclo de las esencias es “uno de los complejos básicos de la tradición religiosa mesoamericana [...] los individuos perecen pero no su clase, puesto que lo que constituye su esencia, pasa tras la muerte, a un proceso de purgación que restituye a la esencia su pureza original y la devuelve al mundo de los hombres. La esencia, frecuentemente llamada «corazón» o «semilla», pasa a otro ser que está por nacer”.

Las reflexiones comparativas entre las deidades, rituales y símbolos mesoamericanos con sus paralelos del Viejo Mundo planteadas por Florescano, han sido celebradas por sobresalientes estudiosos. Heyden (1998: 14) advierte en ellas “una rica contribución a la historia, religión y mitología”, referida particularmente a Quetzalcóatl.

Broda (1998: 23), por su parte, considera que los trazos comparativos llevados a cabo por Florescano muestran “que en los estudios mesoamericanos hace falta superar los análisis limitados de una sola tradición cultural [...]. También significa trascender los etno-centrismos maya y mexica”. Recordemos que en las investigaciones sobre Mesoamérica el péndulo comparativo se detuvo bruscamente en 1962, cuando las hipótesis difusionistas de Kirchhoff (1964) en torno a las relaciones simbólicas de las divinidades calendáricas hindúes y los dioses mesoamericanos (Bagha y Tezcatlipoca,Agnie e Itzpapalotl, Vayus y Xochipilli, etc.) fueron abruptamente enjuiciadas por Alfonso Caso (1964), Júpiter tonante de la antropología mexicana (4). 

Los radicalismos difusionistas se esgrimieron como razón explicativa del ahogamiento de los enfoques comparativos, pero es evidente que esta orientación limitante ha estado presente en las ideas de algunos sobresalientes americanistas. Tal es el caso de Seler (cit. por Marschall 1979: 49) quien un siglo atrás afirmaría sin cortapisas: “Por lo que estamos informados sobre los hechos actualmente, para las culturas antiguas de América debe ser válida la «doctrina Monroe»: «América de los americanistas»; y la ciencia americanista sólo ganaría si por fin dejara los esfuerzos inútiles de construir relaciones imaginarias”.

Notas:


(4) A partir de los estudios de Humboldt a principios del siglo XIX, las similitudes entre los calendarios euroasiáticos y los mesoamericanos (incluyendo la nómina de dioses, animales y objetos asociados) motivarían el interés de distintos estudiosos. Al respecto contamos con un excelente artículo de González Torres (1992:509) en el que se examinan diversas reflexiones, concluyendo,precisamente, con las hipótesis de Kirchhoff. Antes de pasar revista a las formulaciones de Fritz Graebner (en su artículo “Calendarios asiáticos y americanos”), la autora menciona las semejanzas entre los calendarios de la India, China y Grecia para ocuparse, después, de los calendarios mexicanos y mayas. Su análisis enmarca acertadamente la discusión de las tesis difusionistas, ámbito controversial que ha ensombrecido “ideas preconcebidas” y cuestiones ideológicas, como bien lo indica Gonzáles Torres. Desde su apreciación “[...] en última instancia, lo menos importante es si los calendarios mesoamericanos fueran o no originarios de Euroasia; el análisis que han intentado los investigadores mencionados muestra campos de estudio muy interesantes, que solamente pudieron llevarse a cabo a través de las comparaciones de los calendarios, de los sistemas religiosos y de las culturas de otros pueblos del mundo".


Félix Báez-Jorge - Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales Universidad Veracruzana

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