lunes, 14 de octubre de 2013

Ingenuo exhorto

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Este es un exhorto condenado al fracaso y saramaguiano, sanamente pesimista. Es un exhorto a la conciencia de los que parecen no tenerla y un llamado a la decencia de los que la ignoran. Es una recomendación para darle aprecio a este país, para aquellos que precisamente no han demostrado, con acciones y omisiones igualmente funestas, ni un ápice de cariño. Aunque se llenan la boca con frases floridas y promesas que nunca van a cumplir. Aunque hablen de ello, de amar a esa patria que somos todos nosotros, aun los que mutuamente nos detestamos pero estamos aquí. Es un exhorto ingenuo, pero formulado con toda seriedad, porque el despeñadero sin fin que es este país cada día produce más tragedias y más miseria.

Es un exhorto primero a los verdaderos gobernantes de México, sus verdaderos presidentes y gobernadores. No Peña por ahora, ni su gabinete, que es de utilería, de provechoso decorado. Es un llamado público a la Presidencia compartida de México, al triunvirato poderoso de los presidentes, alguno más grande y poderoso que los otros dos, pero presidentes al fin; a Carlos Slim, a Emilio Azcárraga y un poco menor pero allí también, en ese podio, a Ricardo Salinas Pliego. Ustedes tres, que lo tienen todo, hasta un presidente a modo y un montón de muñequitos de corbata que hacen como que promulgan leyes y sesionan en las cámaras, pueden mejorar este país que, para decirlo con imperdonable franqueza, se está yendo a la mierda. Mucho por culpa, y disculparán la franqueza de este aporreateclas que ya no tiene mucho que perder sino acaso la libertad o la vida –porque la salud la perdió ya hace un par de años y la fortuna nunca la tuvo–, de ustedes. Porque no hicieron, cuando tuvieron la oportunidad, aquello que podría haber marcado la diferencia en este país: reeducar a la gente de escasos recursos, ayudarla a reconsiderar las jerarquías en todos esos millones de vidas dedicadas cotidianamente al oficio más viejo del mundo, que no es la prostitución como reza el vulgo, sino el de la supervivencia. Con un poquito de decencia en la oferta televisiva –con un poquito de voluntad podrían desechar las vergonzosas muestras de estulticia que son casi todos sus programas–, de verdadera cobertura telefónica y de tecnologías de información a precios buenos, ustedes de cualquier manera se hubieran seguido atiborrando de dinero, quizá unos milloncejos menos, pero habrían hecho grandes, grandísimos favores a este país. Bastaba, Emilio y Ricardo, con que la programación de sus televisoras no fuera todo el tiempo un estercolero nauseabundo que sólo destaca porquerías, escándalos, puterías y mezquindades; qué bueno hubiera sido que Fonovisa y su símil del grupo de TV Azteca promovieran buena música, popular, sí, hasta algún bodrio de los que promocionan, pero también mucha música de cámara, sonatas de piano, piezas para chelo y para corno y para oboe… o corales, y mucho jazz, y mucha música tradicional, y rock de fusión, y rock metalero de calidad y rock progresivo, que para todo ello hay estupendos compositores y hay intérpretes que lo dejan a uno boquiabierto, pero la mayoría languidece con sueldos de risa cruel en trabajos mediocres, apenas subsistiendo, aferrados al sueño –en este país sueño absurdo–, de ser músicos creativos y no cualquier pobre zonzo que toca porquerías en bodas. Podrían haber enaltecido el buen cine, impulsado el corto y el cine en México, y el teatro, y las artes plásticas, y patrocinar conservatorios, academias de artes plásticas, escenarios teatrales sin cobrar entrada… Y podrían, puesto que de facto son gobierno con sus fortunas, con lo mucho que evaden al fisco ustedes y los otros pocos que son como ustedes, allí Bailleres, Peraltas, Vázquez Rañas y Alemanes y todos esos nombres de siempre –los Servitjes, los Romos, los Zambranos, et al– patrocinar escuelas –¡laicas!– de calidad, hospitales impecables pero gratuitos, plantas potabilizadoras de agua, proyectos de coinversión cooperativa de pequeñas agroindustrias, o de investigación tecnológica. Podrían. Podrán siempre. Pero no lo hicieron y no lo van a hacer nunca por algo muy sencillo: son mezquinos.

Y en otro ingenuo exhorto, este sí al presidente nominal, Enrique Peña, una petición simple: acopie vergüenza, recupere dignidad, acepte su verdadera condición de inepto y hágale un enorme, histórico favor a México: renuncie. No se imagina cuántos millones de mexicanos se lo vamos a agradecer de todo corazón y, con el tiempo, hasta a recordarlo con algo parecido a la simpatía. 

Por Jorge Moch
Cabezalcubo


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