domingo, 2 de marzo de 2014

Canalladas postreras de Santa Anna - Por Raúl Sinencio Chávez




Sin perder tiempo, el 9 de agosto de 1855 Antonio López de Santa Anna abandona por última vez el poder. En Veracruz se embarca presuroso. Deja colgado de la brocha al partido Conservador y huye ante la Revolución de Ayutla, que aguerridos liberales protagonizan. Repuesto del susto, urde entregar nuestro país a España mediante convenios secretos, con repercusiones en Tamaulipas. 

Sorpresas

A cuenta del saqueo hacendario, lleva repleta las escarcelas. Sede del exilio anterior, en Turbaco, Colombia, ocupa la otrora finca de Simón Bolívar, con quien gusta equipararse. Incursiona en la ganadería. Cultiva tabaco y caña de azúcar. Emplea a lugareños pobres. Multiplica de este modo caudales ensombrecidos por corruptelas y robos cometidos durante su dictadura postrera. En apariencia, ahora nomás atiende faenas rurales.
 
Nada lejos, a Cartagena de Indias arriban buques ingleses que transportan cargas postales. De cada uno recibe cartas y periódicos remitidos desde el distante terruño. En sus memorias empero sostiene: “Restablecida mi tranquilidad, volví a mis actividades campestres […] sin que en mi mansión ocurriera el menor disgusto”.
 
La verdad pronto reluce. Dos años después –indica Agustín Yáñez—en tierras mexicanas aparece “una proclama virulenta contra don Juan Álvarez”, líder de la Revolución de Ayutla. Según esto, financia y ordena circular los impresos el que asegura ocuparse exclusivamente de “actividades campestres” en Suramérica. Para colmo, bajo la manga aún esconde peores sorpresas.
 
Escuadra

Esto comienza a descubrirse algo entrado 1857, cuando México estrena avanzada Carta Magna. El presidente Ignacio Comonfort tiene enseguida noticia de preparativos intervencionistas, que alcahuetea la corona hispana. Confidencial informe de su legación en Madrid, suscrito el 15 de febrero, le participa que al respecto se buscaba conseguir “unos 2 000 oficiales y otros auxilios”. No obstante vivir en Turbaco, Santa Anna conoce al dedillo los planes secretos por sencillo motivo: el muy granuja los fragua de manera encubierta. 

Molesto porque Santa Anna lo hizo menos, Domingo Cortés va hasta París en septiembre de 1857, proporcionándole mayores detalles al representante diplomático José María Lafragua. Revela Cortés que él mismo entregó al gobierno ibérico el 8 de noviembre de 1856 comprometedora misiva del caudillo exiliado, pidiéndole apoyo militar y económico para imponernos un régimen monárquico. 

Reiteraría la solicitud en posterior comunicación, que entrega Miguel Lozada, emisario sustituto. Conforme a Cortés, España dio el visto bueno. La conjura estaba orientada a que “se pronunciaran por Santa Anna Veracruz y Tampico, presentándose entonces la escuadra española y todo quedaría consumado, fijándose para ello el mes de enero de 1858”, explican Antonia Pi-Suñer y Agustín Sánchez.
 
Arreglos

Los preparativos arrancan de mal en peor. La prensa capitalina publica el 28 de octubre de 1857 que en la Ciudad de México caen presos varios cómplices, incautándoseles armamento, dinero y parque. El cuartelazo reaccionario de Tacubaya –preámbulo de la guerra de Reforma—oxigena las truculencias promonárquicas. Despunta así 1858, término para que grupos favorecidos por España se manifiesten a favor de Santa Anna.
 
Tampico cae en manos conservadoras. Sin embargo, sitia la plaza el liberal Juan José de la Garza. Este último controla además la bocana del río Pánuco. En tan estratégico punto detiene por sospechosos a 16 pasajeros llegados vía marítima. Al revisarles las valijas, aparecen papeles que se relacionan con el referido complot.
 
De la Garza logra recuperar el puerto tamaulipeco meses adelante. Los documentos recogidos se editan a la sazón. Incluyen pruebas fehacientes del fallido golpe que pretendía dar Santa Anna y de sus vergonzosos arreglos con los españoles. Cae por completo la mentira de que en Colombia el grandísimo bribón atendía sólo “actividades campestres”.
 
Publicado en La Razón, Tampico, Tamps.

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