sábado, 28 de junio de 2014

Muerte en palacio - Por Raúl Sinencio Chávez



Alborea la primavera y de pronto el tranquilo vecindario se estremece. De boca en boca corre la noticia: a media semana el palacio del gobernador amanece con un cadáver. Mayor sacudimiento produce saber que los restos corresponden precisamente al principal inquilino del importante recinto.

CUARTEL

Transcurre 1804 en San Carlos, que reúne entonces casi 2 mil almas. Inmediata al cerro del Diente, la villa está convertida en capital de Nuevo Santander, establecido a mitad del siglo anterior, y que tras independizarse México da paso al estado de Tamaulipas. Aunque joven, la entidad acumula escándalos frecuentes, cuya espiral parece mantener vigores.

Fundador y primer mandatario de Nuevo Santander, José de Escandón y Helguera, conde de Sierra Gorda, abre la saga. Méritos y privilegios le acarrean la hazaña de someter amplios territorios al control efectivo de la corona hispana. A la par Escandón acumula tanto poder que bajo diversas acusaciones enfrenta un juicio de residencia y abandona el cargo en 1767. Concentrado en la Ciudad de México, poco después muere allá, lejos de sus antiguos dominios.

Sucesor propietario, Vicente González de Santianés cambia de Santander a San Carlos el asiento capitalino de la norteña jurisdicción. Frente al costado poniente de la plaza se erige sólido edificio de mampostería. Con dos plantas, balcones superiores y amplio portón, abarca buen tramo de la cuadra. Ahí habita y despacha la máxima autoridad del rumbo, flanqueándola a la izquierda el cuartel de las tropas que manda.


TESTIGOS

La posterior centuria despunta en aparente calma. Sin nadie sospechar que estremecedores acontecimientos se aproximan, en 1802 asume la gubernatura Francisco Ixart. Teniente coronel recién llegado de la península ibérica, donde forma parte de la elite castrense, recibe el nombramiento del mismísimo rey Carlos IV. Desconoce en detalle la zona y su formación militar lo hace proclive al despotismo.

A tal extremo, que pasados dos años cierto subalterno interpone en altas instancias queja contra él por supuestos excesos y malos tratos. Escaso Ixart de luces en dichos asuntos, la sentencia lo desfavorece, ordenándole el virrey liberar al quejoso y reintegrarlo al servicio activo. Quizás esto acongoja más de la cuenta al gobernante, que además con dificultad soporta el aislamiento en tierras novosantanderinas.

Sea como fuere, todavía fresco aquel pleito judicial, el miércoles 18 de abril de 1804 aparece muerto. Descubren el cuerpo en la recámara del palacio. Con ventana al exterior, ocupa el ángulo suroeste del nivel bajo. Los testigos se impactan. El pecho tiene clavado filoso cuchillo, tendido Ixart sobre el piso, en medio de enorme charco de sangre.


LOCURA

Ante sospechas de asesinato, comienzan sendas averiguaciones. Sustituto interino, el teniente Pedro de Alba las dirige. Cree posible el comandante Félix María Calleja que por venganza algún soldado perpetrara el crimen. Diligencias e interrogatorios prolongan varios meses las pesquisas.

Todo queda paso a paso recogido en voluminoso expediente. Sale a relucir el carácter del occiso, sus perturbaciones. Se esclarece que puertas y ventanas estaban cerradas desde adentro. Imposible que alguien entrara a los aposentos. Pruebas firmes en resumidos términos dejan al descubierto que el propio gobernador se arranca la vida, dándosele no obstante cristiana sepultura.

Diputado a las cortes de Cádiz, Miguel Ramos Arizpe rememora los hechos con palabras que sirven de epílogo al episodio. “Don Francisco Ixart […] tomó por tema de su locura el repetir que no debía vivir un hombre que siendo gobernador de una provincia, no sabía las leyes por donde había de gobernar”, expresa Ramos Arizpe en la tribuna parlamentaria el jueves 7 de noviembre de 1811. Tamaulipas ensancharía los registros del escándalo político.

Por Raúl Sinencio Chávez

Publicado en La Razón, Tampico, Tam.

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