martes, 23 de septiembre de 2014

Las armas del alba



La madrugada del 23 de septiembre de 1965, una treintena de hombres intentó tomar la guarnición militar de Ciudad Madera, en la sierra de Chihuahua. Ese episodio, poco documentado por la historia y tal vez minimizado por la reminiscencia oficial, germinó una cadena de movimientos guerrilleros en la región, que después se propagarían por diversas franjas urbanas y rurales del país. Del campo a la ciudad, la lucha armada surgió como una alternativa radical pero determinante, para alzar la voz del pueblo ante la inquina de un régimen postrado en la obcecación y la indolencia, un sistema político que jamás dudó en recurrir a la represión o al crimen para sofocar la insurrección colectiva ante el quebranto social, la injusticia, la corrupción y el autoritarismo que yacía bajo su falaz legitimidad.

¿Cuáles fueron las razones de ese insólito, temerario ataque de un puñado de hombres exhaustos y hambrientos, sin armas suficientes para doblegar a una centena de soldados? ¿Qué percibían sus cuerpos, cuál era el flujo de sus pensamientos al instante de aniquilar la luz de un foco con un solo disparo, para después conjugar sus sombras al fuego abierto contra la cabaña militar? ¿Y qué ritmo adquirió la voz del aire por las balas, cuál fue el aroma que cubrió el manto endrino de las nubes?

Las armas del alba, novela de Carlos Montemayor, ofrece las respuestas a través de una ágil e intensa procesión de imágenes-secuencia, donde los protagonistas de ambos bandos, la guerrilla y el poder, se proyectan sigilosamente en ese cuadro impresionista en que la tierra es, al mismo tiempo, escenario y eje reflexivo, universo y testigo de la condición humana, ya que la prosa de Montemayor –como en Guerra en el paraíso (1991) y Los informes secretos (1999)– avanza desde la quieta armonía del espacio en que gravita la memoria, hasta el último recodo de la conciencia de sus personajes, para hallar las claves de un destino heroico y un porvenir perverso: en Las armas del alba, el lenguaje muta de la identidad del insurrecto a la del uniforme del poder; se construye como azogue donde la historia enmudece en la trágica serenidad del caos, la indignidad y, al fin, la muerte, ese umbrío desenlace que sobreviene bajo la convulsa belleza de un territorio deshabitado por la fe, vaciado de justicia.




El hilo conductor de la novela es una aguda evocación de los oprobios emanados, paradójicamente, de la revolución de 1910. La génesis de una oligarquía forjada en el saqueo y la consolidación del latifundio; la connivencia del gobierno con el terrateniente; los usos feudales de la ley para someter al campesino; la maquinaria delictiva de las guardias blancas; la persecución policial y el exterminio de los "sediciosos", esa especie condenada por el sistema y que comienza por los líderes de los movimientos en defensa de los intereses comunitarios y culmina, acaso, con el magisterio, quizá porque como dijo Víctor Hugo, "la miseria cargada con una idea es el más temible de los artefactos revolucionarios", y la onda expansiva de la resistencia civil que, a pesar de los extremos inmorales del poder, prevalece como una resonancia en la voluntad colectiva por restaurar los principios de un pacto social que nunca acaba de cumplirse.

En la invención de la mirada de Arturo Gámiz, el doctor Pablo Gómez, los hermanos Gaytán, Lupito Escóbel, el fotógrafo Jolly Bustos, el agente del ministerio público Javier García Travesí, el general Gonzalo Bazán Guzmán, el profesor Francisco Luján Adame, el líder Álvaro Ríos, el periodista Víctor Rico Galán y un amplio cortejo de personajes involucrados en los acontecimientos, Carlos Montemayor reconstruye el difícil itinerario de hombres como Socorro Rivera, el primer líder del movimiento campesino de Chihuahua, que promovió la regularización y la expropiación legal de tierras para los ejidatarios; las maniobras delincuenciales de los latifundistas de los terrenos de Bosques de Chihuahua y Cuatro Amigos; la labor de organización y apoyo para los pueblos más vulnerables de la región por parte de la Unión General de Campesinos y Obreros de México (ugocm); los periplos de Chihuahua a Ciudad de México que los incipientes guerrilleros realizaron para su instrucción y entrenamiento; la silenciosa intervención judicial que intentó asfixiar los movimientos sin distingo entre culpables e inocentes; la complicidad por omisión de las autoridades ante los homicidios perpetrados por las guardias blancas y, sobre todo, el sicótico despotismo del general Giner, gobernador del estado en aquellos años, una especie de dictador a escala: patibulario, violento, intolerante y, también, acaparador de tierras.

Respaldado por una acuciosa investigación documental donde se delinea la responsabilidad política de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría y se establecen las coordenadas que desembocarían en hechos más terribles como el 2 de octubre de 1968 y la guerra sucia, con Las armas del alba, Carlos Montemayor no sólo ha concebido un título esencial para el estudio profundo de la historia mexicana, sino una obra espléndida, una novela que concilia la violencia y la poesía, el combate y la agonía, donde los últimos estertores de la lucha no son los gritos de los guerreros ni el aullido de las armas o el horror de los despojos, sino el eco del planeta desde la flora y la fauna, la lluvia, el frío, la oscuridad, los escarpados, las piedras, el viento y los arroyos, quizá porque para Montemayor, escritor prolífico y crítico fundamental del México contemporáneo, las luchas de los hombres abandonan la crudeza y adquieren mayor sentido cuando el destino trata de invocar la salvaje perfección de la naturaleza.

 Por Iván Ríos Gascón

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