martes, 25 de noviembre de 2014

Lance de honor- Por Raúl Sinencio Chávez




Frente al espejo de la recámara, terminó de vestirse. Sin demora, se puso en marcha. Estaba por amanecer en pleno invierno. Desde la Plaza de la Libertad, vendedores y transeúntes lo vieron salir de aquella casona, sede del consulado de España. Algunos vecinos cruzaron saludos con él. Serían los últimos.
 
Ofensas
 
Don Francisco Melgarejo y Guzmán era vicecónsul en Tampico. Comenzó a desempeñar el puesto en Tabasco. Con influyentes recomendaciones, a finales de 1845 pudo conseguir que lo trasladaran al puerto tamaulipeco, de cuya pujanza económica tal vez esperaba sacar provecho. Las expectativas resultaron vanas.
 
Al encontrar vacante el cargo, quiso convertirse en cónsul. Las gestiones fracasaron de plano. La invasión angloamericana de 1846 a 1848 agravó más el ya de por sí difícil cuadro, por inhibir el tráfico marítimo. Sin retribuirle tampoco las funciones desempeñadas, Francisco Melgarejo pronto sufriría estrecheces financieras. Pese a insistentes solicitudes de sueldo, apenas le autorizaron rabones gastos de escritorio.
 
Ante tan desalentadoras circunstancias, tuvo sobradas razones para andar de malas. Bajo el brazo quizás el “Tratado del duelo”, escrito por el conde Châteauvillard en 1836, buscó no quien se la debía, sino quien se la pagara. Al efecto, terminó fijándose en un subteniente de artillería, fijo en la aludida ciudad y puerto. Pero incluso dándose a la tarea de acumularle ofensas, ninguna respuesta hubo.
 
Temprano
 
El subteniente José María Peña intentó sacarle la vuelta. Dada la disparidad social entre ambos, conllevaba severos riesgos que él, de modesto rango castrense, retara al distinguido extranjero. Aún de favorecerle el desenlace y salvar la vida, podía enfrentar complicaciones. A la postre se confirmaron dichos temores.
 

Catalán joven e impulsivo, Melgarejo dio sin embargo otra vuelta de tuerca. Observante de los cánones, para el pretendido desafío envió dos padrinos a la casa del militar. Así emplazado, Peña atendería la apremiante necesidad de nombrar los suyos.
 
Éstos y aquéllos ultimaron de inmediato detalles. El duelo iba a verificarse en solitario paraje, al norte de la urbe porteña, lejos del público curioso y las autoridades, pues lo urdido entrañaba gravísimo delito. Se utilizarían dos escopetas, con un solo tiro por arma. Como fecha definitiva convinieron el viernes 16 de enero de 1852, bien temprano.
 
Beneficios
 
Todos los convocados llegaron puntuales, corriéndose las debidas cortesías, previo al lance de honor. Sobre terreno plano, humedecido todavía por el rocío, quedaron espalda contra espalda el vicecónsul y el subteniente. Instruidos que fueron por los padrinos, avanzarían cinco pasos; al grito de “¡uno!”, apuntaron; cuando oyeron “¡dos!”, amartillarían sus respectivas armas; al escuchar “¡tres!”, dieron media vuelta y dispararon con el mayor tino posible.
 
Tras disiparse el humo que produjeron las detonaciones, al ras del suelo apareció el diplomático, seriamente herido por el adversario ileso. A fin de exculparlo, Melgarejo adujo que de manera accidental él mismo se había disparado.
 
Los servicios médicos devinieron por completo inútiles. Al cabo de varios días en doloroso trance, expiró Francisco Melgarejo y Guzmán. Por tratarse de un agente diplomático, la noticia causaría enorme revuelo dentro y fuera de nuestro país. Corrieron y tomaron fuerza los rumores que culpaban al subteniente del fatídico suceso. “Violó las reglas del duelo, disparando antes del momento previsto”, recogería a principios de marzo cierto periódico de EUA. Los padrinos involucrados, únicos testigos presenciales, al parecer se abstuvieron de avalar el supuesto. Peña reconocería empero haberse enfrentado al vicecónsul hispano. 

Sujeto en consecuencia a juicio, le impusieron cárcel. Tres años más tarde, en 1855, consiguió los beneficios del indulto y saldría libre. Lo anterior, a resultas de un duelo que él buscaba rehuir.
 
Publicado en La Razón, Tampico, Tamps.

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