lunes, 2 de febrero de 2015

Narrativa con sabor huasteco - Por Raúl Sinencio Chávez




Mediante concurso, el Premio Lanz Duret está a punto de entregarse. La comunidad literaria permanece expectante. Corre el año 1943. Integran el jurado calificador Antonio Díaz Soto y Gama, Julio Jiménez Rueda y Artemio de Valle Arizpe, entre otras renombradas personalidades. Al conocerse el fallo, causa agradable sorpresa. Merece el galardón novel trabajo, de pluma femenina además. Sara García Iglesias triunfa con “El jagüey de las ruinas”, novela ambientada en tierras veracruzanas y de Tamaulipas. Deliciosa ruta es capaz de ofrecernos dicho asunto.

LECTORES
 
El perfil biográfico de la novelista asombra. Capitalina, apenas rebasa los 25 años de edad. Cursa la carrera de química biológica, nada que ver con los quehaceres narrativos. Fundaría Laboratorios Servet, que en 1955 abandona, tras enviudar de Jaime Montell, yéndose a El Bejuco, rancho de Ozuluama, Veracruz.
 
Aunque en labores campiranas, allá prepara dos nuevos títulos, de similar corte histórico-literario. Hacia 1946 termina “Isabel Moctezuma, la última princesa azteca”. Le sigue en 1957 “Exilio”, sobre los refugiados españoles, obra postrera. La premiada en realidad proviene de familia con tradiciones intelectuales. Niña aún, conoce el terruño al que vuelve. Al trabajar para la Huasteca Petroleum Company, nuestro padre “ocupa una vacante en el campamento de Ozuluama”, revela Sofía, hermana de nuestra escritora.
 



Alejada de toda capilla artística, Sara a la par atiende faenas apícolas. Engrosa de paso el padrón de las primeras alcaldesas mexicanas. Entre 1958 y 1961 lleva las riendas de Ozuluama Fallece en 1987, sobreviviéndole el aprecio de vecinos y lectores.
 
PATRIA
 
“El jagüey de las ruinas” tiene a la intervención francesa de trasfondo. Cuidadosa investigación le da solvencia. La hacienda “El Bejuco” congrega a los protagonistas estelares, Adrián Jáuregui –propietario y patriota republicano--, su cónyuge Elena, así como la prole de ambos: Teresa, María-Nieves, Ramón y José.
 
 


Sobresale “la fresca apariencia de María-Nieves”. Esta última en plena lucha contra los invasores resulta enamorada del capitán belga Jean Ysaye, de las tropas que don Adrián captura en Ozuluama, a fines de 1863. Ella, hija de aguerrido chinaco; él, mando de fuerzas enemigas. La paradoja inyecta bríos al relato.
 
Próximos a reembarcarse varios exprisioneros, el destino reúne a la secreta pareja en Tampico. Jean le propone huir a Europa, flaqueza que su amada rechaza. Frente al río Pánuco, antes de marcharse sin la joven, Ysaye “comprendió que en ese minuto decisivo la perdía […] Reanudaron el paseo en silencio […] María-Nieves sintió el tibio cosquilleo de sus lágrimas. No parecían de ella. Se sentía extrañamente inerte”. Fue el adiós; los suyos la necesitaban en momentos aciagos para la patria.
 
FAMILIAS
 
El texto suma “méritos de relieve y brillantez en las descripciones, interés constante, personajes de nuestro medio rural, tratados con precisa observación psicológica, amén del lenguaje propio”, resalta De Valle Arizpe. Un glosario explica los “americanismos contenidos” ahí.
 
“El jagüey de las ruinas” alcanza pronto la pantalla grande. De idéntico nombre, la filma Gilberto Martínez Solares en 1944, con Lilia Michel y Roberto Silva al frente del elenco de actores. Forma parte asimismo de “Grandes novelas de la historia de México”, serie que en 2004 promueve el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
 
Lo atractiva que la ficticia María-Nieves parece al inventado Ysaye guarda similitud con hechos reales. “¡Qué buena la mujer mexicana! […] Es la perla de las Américas Españolas”, dice cierto testimonio francés, descubierto por el investigador Jean Meyer a la postre. Ello produjo situaciones curiosas. “En […] 1863, a la hora de abandonar Chihuahua, 13 soldados” galos “desertaron para no abandonar a sus nuevas familias mexicanas”, descubre Meyer.
 
Publicado en La Razón, Tampico, Tamps.
  
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