domingo, 29 de marzo de 2015

Antiguos prodigios de la Huasteca - Por Raúl Sinencio Chávez






Grandes o menudas, las magnificencias deambulan por la Huasteca antigua. Unas y otras arrancan palabras de admiración, multiplicándose al paso del tiempo. Son testimonios que aportan matices a nuestra ya de por sí deslumbrante identidad nacional. Compartamos breve muestra.

Horizonte

“Yo, Xochiquetzal, diosa de las flores y del amor,/ del país de la lluvia y de la niebla vengo yo/ […] de Tomoanchan”. Algunos creen que la Huasteca inspira al poeta cuando esto canta. Si acertaran, habríamos encontrado bastante remoto bosquejo de la zona, puesto que dichos versos preceden con mucho a la conquista española.

Los hombres lucían objetos “de oro, cubiertas las cabezas de colores de plumas […] de papagayo […] y en la trasera de la cinta traían unos espejos redondos y sus rodelas colgadas del brazo, […] con otras muchas cosas”, complementa Tezozómoc.

Fray Bernardino de Sahagún recopila al inicio del horizonte novohispano: “Tienen muchas joyas, esmeraldas y turquesas finas y todo género de piedras preciosas; las mujeres se engalanan mucho y pónense bien sus trajes; andan bien vestidas, traen sus trenzas en las cabezas, con que se tocan, de colores diferentes y retorcidas con plumas” de aves exóticas.

Flechas

“Andan [los naturales de la región] –añade el franciscano-- bien vestidos y sus ropas y sus mantas muy pulidas y curiosas, porque en su tierra hacen las mantas que [en idioma náhuatl] llaman ‘centzontilmatli’, ‘centzonquachtli’, que quiere decir manta de mil colores; de allí se traen las mantas […] pintadas de remolinos de agua, ingeridas unas con otras, en las cuales y en otras mucho se esmeraban las tejedoras”.

John Chilton retrata con su prosa a los pobladores originarios en años tempranos del virreinato. “Son ellos altos de cuerpo […] con el cabello largo […] andaban […] con arco y flecha”, de modo que “eran grandes flecheros”, indica el trotamundos y comerciante inglés. Casi a la sazón, el visitador Gómez Nieto recoge los ancestrales nombres “de tres mujeres [lugareñas] y que se llamaba una Ceal y la otra Alive y la otra Toan”.

A inicios de la decimoséptima centuria, fray Antonio Vázquez de Espinosa anota: “El temple [del rumbo] es muy cálido y húmedo […] Hay por esta tierra innumerables venados que cazan los indios con flechas […] Toda la tierra [cerca del río Pánuco] es muy llana y amena, que parece un pedazo de paraíso”. Vázquez Espinosa sin duda escribe cautivado por lo que observa.

 Noche

Al transcurrir el siglo XX los antiguos prodigios de aquella cultura aún maravillan. “Parecen haber sido maestros en el arte de la concha” y el caracol marino –puntualiza don Manuel Toussaint--, legándonos “piezas esculpidas que se han supuesto eran pectorales […] Arte de paciencia, que […] revela un gran sentido de la decoración y del simbolismo religioso”. Presentan intrincadas figuras y “recibieron un mayor realce al realizarse el vaciado de ciertas porciones del pectoral”, agregan Nicola Kuehne Hayder y Joaquín A. Muñoz Mendoza.

Toussaint describe también la escultura llamada el “Adolescente huasteco”: “Figura […] esbelta con las manos en disposición de llevar algo […]. En su cuerpo desnudo se realzan finos grabados”, al parecer “tatuajes […] Lo más notable es la cabeza del personaje: fuerte, enérgica, con profunda emoción de raza hasta en su cráneo deforme, pero con un gran sentimiento de la plástica […] Estamos ante una obra maestra”.

Dejemos que “La dama huasteca”, del premio Nobel Octavio Paz, cierre estas sencillas líneas: “Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano”.

Publicado en La Razón, Tampico, Tamps.

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