sábado, 24 de septiembre de 2016

JORGE YAPUR, UNIVERSAL Y VIGENTE


Como medio de trascendencia humana, la obra artística navega por el tiempo y el espacio con un desafío implícito. A fin de conservarse viva, universal, ha de mantener la frescura, el impacto y las emociones del primer momento. Nadie mejor que el propio artista lo sabe. De ahí su angustia, conforme va advirtiéndolo.
 
Por ende, quien se consagra a los menesteres del arte toma en serio el desarrollo coherente de convicciones, rupturas, continuidades y etapas, capaces de proveerle una identidad definida ante la hora del mundo que lo enmarca. Recorre los caminos delante a lomos del talento, cuyo galope aún debe afinarse en los rigores del aprendizaje multidisciplinario; aprendizaje que abre horizontes y sustenta la propuesta estética. Sin becas, ni apoyos o estímulos a cargo de los presupuestos sectoriales que han ido conformándose, lejos además del intrínseco aliento de las grandes urbes, sería comprensible incurrir en desmayos y flaquezas.
 
Pero he aquí que Jorge Yapur Sherife persevera en tierras entonces culturalmente precarias. Nunca las abandona, sino que concurre a transformarlas. Lo hace por tratarse nada menos que del terruño, donde afina genio y carácter, es decir el temple, imprimiéndole características inconfundibles. A contracorriente, acumula realizaciones plásticas de altos vuelos, resueltas siempre con solvencia y audacia. Por algo las avala el mismísimo Instituto Nacional de Bellas Artes. Cruzan luego el océano Atlántico, engalanándose con ellas la Expo Sevilla de 1992, para renombre de la patria chica.
 
Jorge Yapur Sherife cosecha a la par reconocimientos. En vida colman los entornos locales y alcanzan prestigiosos escenarios foráneos. Dichos reconocimientos incluso le sobreviven, multiplicándose post mortem con el afecto ganado por el maestro a pulso.
 
Nos complace mucho que se una a la saga el título bibliográfico hoy presentado bajo el sello del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, dirigido por la maestra Libertad García Cabriales. Nos referimos, claro está, al libro “Jorge Yapur, la voluntad del linaje”, del que tengo el gusto de ser coautor. Este compendio sin duda redundará en difundir con mayores bríos un magnífico acervo plástico, orgullo de Tamaulipas; reitera asimismo la vigencia y la universalidad del llamado Rulfo de la Huastecas. Por compartirlo, el aprecio sincero a la familia Yapur Mariscal –doña Licha, Victoria, Alicia, Jerjes, Yamil--, y a todos ustedes gracias por escucharme.

Presentación del libro “Jorge Yapur, la voluntad del linaje”. Espacio Cultural Metropolitano, Tampico, Tamps., 24 de septiembre de 2016

Por Raúl Sinencio Chávez 

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domingo, 18 de septiembre de 2016

Color e identidad: los orígenes del rosa mexicano



En las oscuras y sucias calles del Londres de mediados del siglo XIX se fundó el Royal College of Chemistry, siendo el químico alemán August Wilhelm Hofmann su primer director. En plena Revolución industrial, el principal cometido de la industria química en Inglaterra era la aplicación de los nuevos descubrimientos en el campo de la química orgánica, propiciada en gran medida por los experimentos realizados a partir del abundante subproducto de la industrialización: el alquitrán de hulla. A partir de los experimentos que Hofmann realizó con este material, pudo descubrir nuevos compuestos como el formaldehido y, junto con sus alumnos, logró perfeccionar los métodos para la extracción de benceno y del tolueno y convertirlos en compuestos nítricos. Ahora sabemos que fue quizás la industria bélica la que se vio mayormente beneficiada con estos importantes avances.

Uno de sus alumnos más distinguidos fue William Henry Perkin, a quien le fue encargada la noble tarea de encontrar la fórmula para producir, a partir del alquitrán, un sustituto sintético para la escasa y costosa quinina que se utilizaba para tratar la malaria, enfermedad muy extendida entre los colonialistas europeos. Perkin y su equipo sintetizaron de manera accidental un nuevo producto de un violeta intenso que llamaron “malveína”, debido a su parecido con los tintes naturales extraídos de las flores de malva. Perkin también descubrió un intenso tinte rojo conocido como carmesí de alizarina, sólo que la compañía bávara de anilinas, la basf, logró anticiparse con la patente. Otras compañías germanas como la agfa (Aktiengesellschaft für Anilin Fabrikation), la Hoechst y Bayer, desplazaron a las compañías inglesas convirtiendo a Alemania en la más grande potencia química y farmacéutica de la Europa de finales del siglo XIX.

La anilina (del añil o índigo) fue un descubrimiento descomunal que tuvo un enorme impacto en la economía del mundo. La gama cromática, que abarca del azul al rojo, siempre fue muy cotizada y muy costosa de producir, particularmente para la tinción de diversos textiles. Con el descubrimiento de estos tintes sintéticos, las enormes crinolinas que usaban las damas de sociedad europeas podían teñirse de violeta, de azul y de rosa a mucho menor costo que en toda la historia pasada. De hecho, cuando naciones enteras subsistían en gran medida de la producción de tintes naturales (como el índigo de India), sus economías se fueron a pique. Cuenta el químico e historiador del color inglés Philip Ball que, en 1860, la compañía Simpson, Maule y Nicholson fabricó un rojo de anilina que nombraron inicialmente como roseine, pero que finalmente se hizo más conocido por el nombre que persiste hasta el día de hoy: “magenta”, en honor de la ciudad italiana donde el ejército francés se enfrentó al austríaco en junio de 1859 y que había sido noticia de primera plana.


La enorme gama de productos teñidos, pintados, entintados o que incorporan en su material el amplísimo espectro de rosas, fucsias, violetas, magentas y rojos que se sintetizan actualmente a partir de estos colorantes, es inmensa e incluye ropa, coches, libros y revistas, juguetes, mochilas, productos artesanales, lonas y todo tipo de plásticos. Pareciera, por lo menos en México, que estamos invadidos por objetos en “rosa mexicano” o de colores similares (si es que aceptamos esta nomenclatura como un color oficial).

Cromática de la “mexicanidad”

Se ha repetido de manera insistente que México es un país muy colorido. Incluso sigue existiendo una política pública, impulsada por el entonces presidente Felipe Calderón, respecto a la “marca país México”, que hace hincapié en el uso de colores “cálidos, estridentes y vivos” que representen nuestra enorme “riqueza visual”. Sin lugar a dudas, y en muchos sentidos, el nuestro sí es un país que tiene cierta inclinación por el color, lo cual es evidente en nuestros mercados, en muchos de nuestros trajes regionales, en la arquitectura de algunas ciudades y aun en nuestra cultura culinaria. Es tal nuestro orgullo por el color nacionalista, que aseguramos que nuestros artistas han sido algunos de los mejores coloristas del mundo, como es el caso de Rufino Tamayo, quien “nació con las manos llenas de color” nativo de Oaxaca y, por lo tanto, “heredero de las grandes culturas prehispánicas”. Otro ejemplo que se repite con frecuencia es el del famoso color rosa de Luis Barragán quien, por su parte, declaró alguna vez que su paleta provenía en realidad de los surrealistas, en particular de “De Chirico, Balthus, Magritte, Delvaux y [sí] Chucho Reyes.”

De acuerdo con la mayoría de las fuentes disponibles, los pueblos “más civilizados” han rechazado históricamente el uso de colores intensos. Para algunos teóricos del pasado, como Johann w. von Goethe, el extendido uso del color es más característico de los países que se ubican en las regiones más calientes del planeta. Por otro lado, en su famosa Teoría de los colores, el poeta romántico demuestra ser un pensador racista, pues llega a afirmar que el color de la piel “indica una diferencia de carácter” y que el de los europeos, que “varía del blanco al amarillento, pardusco o rojizo […] es el más hermoso”. En cambio, el rojo (o “colorado” –el color por antonomasia–) es preferido por las personas “robustas y rudas”, por los niños y, por ende, por los pueblos salvajes y primitivos. Para los conquistadores españoles del siglo xvi, el gusto por el color de los nativos americanos era considerado incluso demoníaco (Goethe usa la palabra “peligroso”; gefährlich en la edición original).

El “rosa mexicano”, una versión rebajada pero intensa del rojo, entraría en estas categorías (véanse los escritos de Motolinía y Sahagún en México y Poma de Ayala en Perú). Aquí cabe recordar que dicho color no existía en las paletas prehispánicas, no obstante distintos tipos de rojo sí eran apreciados y sí se utilizó ampliamente como tinte, extraído de diversas plantas, insectos y moluscos.

La verdadera modernización de nuestro país no inició sino hasta finalizada la Revolución, y con ella se introdujeron masivamente los tintes artificiales, sustituyendo casi hasta la extinción muchos de los productos naturales que genera nuestro rico país. Como sabemos, todos los gobiernos postrevolucionarios han participado en una campaña orientada a la cohesión social basada principalmente en el fortalecimiento del nacionalismo y en la creación de una identidad. Paradójicamente, la gran mayoría de estos gobiernos ha sido de derecha, como casi todos los nacionalismos. Durante la búsqueda de esta famosa identidad mexicana y nacionalista, surgieron diversos grupos que se caracterizaron por su xenofobia y su conservadurismo. Después de la Revolución, como parte del proceso nacionalista que definió nuestra idiosincrasia presente, se multiplicaron los grupos derechistas en México, particularmente durante el cardenismo, que fue el gobierno postrevolucionario más orientado hacia el pensamiento de izquierda. Esta polarización se fue definiendo aún más durante la Guerra fría en las décadas posteriores. Cuando terminó la segunda guerra mundial, y coincidiendo con el macartismo, el entonces presidente Miguel Alemán impulsó una doctrina llamada “de la mexicanidad” y la mayoría de los medios masivos de comunicación se unieron a esta campaña, fuertemente anticomunista.

En medio de este período surgió la idea de un “rosa mexicano”. Alrededor de 1948, Ramón Valdiosera, un joven diseñador de modas, supuestamente inspirado en la indumentaria de los grupos étnicos y el color de las buganvilias, lanzó una colección que tuvo amplia aceptación entre las mujeres de la alta sociedad mexicana, encabezadas por actrices como Dolores del Río y María Félix. Cuando se presentó en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, los periodistas estadunidenses lo bautizaron como mexican pink y posteriormente recibió el espaldarazo de Alemán como una especie de embajador de la mexicanidad en el extranjero y entre el jet set.

Como se mencionó antes, fueron las principales compañías farmacéuticas las encargadas de sintetizar esta nueva gama cromática, a la cual pertenecen los tintes orgánicos que se usan para producir los rojos, violetas y rosáceos que tanto se utilizan hoy en día para la elaboración de un sinfín de productos comerciales que hace cincuenta o más años hubieran resultado extremadamente costosos. Entre otras cosas, y desde su fundación, estos mismos megaconsorcios productores han sido responsables de casi todos los explosivos y venenos que se emplean en la guerra y son los dueños, por así decirlo, de la producción de la mayoría de los colorantes sintéticos disponibles en el mercado.

Curiosamente, la relación entre el colorismo y el nacionalismo exacerbado no es exclusiva de nuestro país. Cuando los cromoluminaristas (puntillistas) y posteriormente los famosos fauves, como Henri Matisse, llegaron a la costa del sur de Francia en busca de la “luz y el color mediterráneos”, también arribaron a la cuna del ultranacionalismo francés. Fue en esta región donde se fundó el movimiento de Acción Francesa, mismo que publicó las revistas L’Occident (con la cual colaboró el pintor Maurice Denis) y La Rénovation Esthétique, de Émile Bernard, discípulo de Cézanne. Lamentablemente, nada de todo lo antedicho parece haber influido para moderar al menos la campaña de “rosificación” de nuestra nueva Ciudad de México, donde los miles de taxis, las fachadas de los verificentros, las credenciales de los adultos mayores y prácticamente toda papelería oficial, incluidas las boletas que emite la tesorería, nos han invadido como nunca antes •



lunes, 1 de agosto de 2016

El otro México de los Mexicanos y el Mundo


“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.” Albert Einstein



México lindo y querido. Así inicia una de las canciones luz que despiertan los ánimos y voluntades de propios y extraños cuando habiendo vivido aquí en México, como es mi caso, la letra y música de Jorge Negrete, autor de esa pieza en sobresaliente, hace que la piel se erice, la sangre hierva y el alma se despierte; como cuando se escucha en los estadios a una sola voz la fuerza que recuerda la emancipación en busca de la dignidad palpado en los hechos y las letras de la historia mexicana, en el mexicano creativo, el inventor, el visionario, el agricultor, el industrial, el profesional; en lo artesanos, los artistas, el buen vecino, en la Villa de la Virgen de Guadalupe, cuando ves la esperanza andando en los cuerpos iluminados y los ojos como barniz, en la sonrisa complacida de miles y miles que la frecuentan cada día; o, en grito del 15 de septiembre, tres veces elevado a la nonagésima potencia. Sí, habría que estar muerto para no sentir algo sino mucho, cuando en tu entorno ves y escuchas a una sola voz que el pueblo (niños, mujeres, hombres) exhala de su ser profundo: ¡Viva México, Viva México, Viva México!



La semana pasada describí una triste realidad. Es cierto que existe inseguridad, tanta que a veces se siente temor de salir y otras veces hasta dormirse por si entran a robar. Pero con todo y eso, por muy cierto que sea, no es México, esto también es verdad.


El hecho que haya desalmados, corruptos, criminales no es lo único que hay en esta gran Nación. En lo particular, así como cuestiono y señalo lo indeseable, con esa misma pasión la defiendo de quienes la acaban incluyendo a los nacidos aquí porque pareciera ser que no les importa sus entrañas terrenales ni su placenta cultural que da vigor al sentido de pertenencia.


A la Nación mexicana la he defendido y defiendo contra quienes la usufructúan desmedida y demencialmente como si fuera su patio particular o su hacienda con esclavos de inicios de 1900. Y, claro, también la enaltezco (pese a mi ignorancia) dada tanta diversidad que existe, diciéndole a aquellos que la conocen menos que no se equivoquen con las realidades; y es que, probablemente sin desearlo, vociferan epítetos injustos a partir de un marco de referencia limitado; o, incluso totalmente desconocido tratando de reducir la inmensidad mexicana sólo por un comentario escuchado. México es una Nación sorprendente, majestuosa que también tiene gente valiente, valiosa, íntegra y productiva. No todos son tranzas o ratas de dos patas como canta la insigne y popular mexicana Paquita la del Barrio.



No. No fue esa mi intención. No pretendí quitarle méritos a la voluntad de millones de personas que se despiertan con el deseo de dejar su alma en la construcción de mejores caminos y legados para ésta y las siguientes generaciones. Si bien existe aquello triste, ruin, feo con lo que se ensalzan gobernantes megalómanos, tan desalmados como los más criminales también hay millones quienes en sus casas educan a sus hijos, en sus trabajos ensalzan su profesión con el compromiso, en las calles defienden y propinan la dignidad humana en sus valores y principios.


De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la Encuesta Intercensal 2015, en la República de los Estados Unidos Mexicanos, se pudo contar con 119 millones 530 mil 753 habitantes. ¿Cuántos les gusta que sean entre criminales, ladrones, delincuentes, corruptos? Son 32 Estados, eso es que son 32 gobernadores y no todos son crueles, poco importa, vividores, oportunistas y otras hierbas aromáticas incluyendo a sus compadres y padrinos de poder. ¿Cuántos son los jefes de mafias o cárteles y cuántos viven de ello? ¿Serán entre todos los de esta calaña unos 100 mil? ¿Medio millón? ¿Dos millones o cinco, o diez? Pues le tengo una buena noticia, somos más los buenos, los mejores, los éticos, los que tenemos valores y principios. Más de 100 millones de personas puestas y apostadas a seguir trabajando por un México digno, grande, transformador (y no es “slogan” de campaña electoral) los que vamos hacia una ruta de triunfos.


Si a esto le agregamos que la industria lacracinia (palabra que inventé para referirme a las lacras como defecto o vició social) no es patrimonio de los mexicanos, pues también los hay en todas partes del mundo y en América Latina pululan como las luciérnagas en Nanacamilpa y Españita de Tlaxcala en tiempos de reproducción que salen miles y miles en los meses de junio, julio y agosto. Nada más que en las luciérnagas es un proceso natural iluminar para aparearse; y las lacras buscan el destello para aprovecharse. Así está esto. México no es el único país con tunantes o villanos.


De hecho, estoy seguro, sin ser ni biólogo ni antropólogo, que a este torbellino de personas les ha emergido más la parte negativa del ADN aportado por los conquistadores. Latinoamérica es el resultado de las conquistas y colonias sobre todo españolas, aunque también italianas, francesas y portuguesas. España fue invadida y colonizada por varias culturas como: celtas, íberos, romanos, visigodos, vándalos, árabes; a través del tiempo, éstos introdujeron sus costumbres en la Península Ibérica. Las prácticas aprendidas por los españoles las enclavaron en el Nuevo Mundo con la conquista y el coloniaje.


Durante la Conquista imperaba la monarquía como forma de poder, que siglos después desembocó en el sistema republicano como práctica democrática que permitió una conducta administrativa gubernamental apesadumbrada. Una parte por la genética y otra por los hábitos aprendidos que algunos españoles introdujeron a América Latina. Si bien no todos, sí hubo conquistadores y colonizadores piratas y corsarios que zarparon buscando no sólo enriquecerse sino oportunidades de vida en tierra firme.


Con los virreinatos hubo negociaciones y pactos de no guerras para poder gobernar. La corrupción fue un mecanismo de control para el logro de objetivos económicos, sociales y políticos particulares de los gobernantes en América Latina. Esto ha sido una constante desde entonces que se ha reflejado con mayor frecuencia durante las últimas cuatro décadas (periodo 1975-2015).


Con esta actitud se ha amalgamado una fusión ofensiva de los conceptos democracia, poder y corrupción como forma de vida de muchos gobernantes. Esto ha tenido mayor auge en los dieciséis años que van del siglo 21 al evidenciarse que no es lo mismo gobernar que ser oposición, sin importar la tendencia política.


De manera específica, México, aunque también en otros países latinoamericanos, no escapa a esta antropología casi sistémica, así la biología y sociología del mexicano es pintoresca. Donde está fundido el misticismo celta, el oportunismo romano, la filosofía visigoda, la violencia vikinga, la inventiva árabe, la piratería europea. Todo ello nos llegó con los españoles que habían sido conquistados por todas las anteriores culturas cuando fue tomada la Península Ibérica o Hispania desde antes de Cristo, y posteriormente durante siglos.


Pero esto no es de lamentar, pues somos los latinos éso y más, y los mexicanos forman parte de ese crisol de razas y pensamientos históricos. Estoy convencido que México es más que tequila, tacos, sombreros charros, mariachis y, por supuesto, más que delincuentes. Hay un esplendor mexicano nato, pese a todo, no es para menos defenderlo y gritar: ¡México Lindo y Querido!



Por José del Rosario Sánchez Franco (Consultor y asesor en Comunicación Política y Organizacional). Con información de El Sol de Puebla


Nota : La canción de México Lindo y Querido es autoría de Chucho Monge, compositor mexicano, autor de numerosos boleros, conocido internacionalmente.

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jueves, 30 de junio de 2016

El valle de las “Siete Luminarias”

Cráter - Valle de las  “Siete Luminarias”

Hablando de “estrellas” me viene a la memoria otro increíble paraje de este planeta “encantado”: el valle de Santiago, en el centro de México. Allí, al recorrerlo, tuve la oportunidad de adentrarme en un nuevo enigma, íntimamente vinculado a las estrellas que dan forma a la llamada “Osa Mayor”. En realidad no debería hablar de un enigma, sino de varios... Pero arrancaré por el que me condujo hasta el citado valle, en el estado de Guanajuato. En una superficie de siete kilómetros cuadrados se alzan siete volcanes extinguidos. Antes de la llegada de los conquistadores la región recibía el nombre de “Camémbaro” que, justamente, viene a significar “País de las Siete Luminarias”, en recuerdo siempre según la tradición de las “antorchas” que manaban de los mencionados cráteres. Y con los españoles, “Camémbaro” fue sustituido por valle de Santiago, fundándose la ciudad del mismo nombre a poco más de 1.700 metros de altitud. Esto ocurría en mayo de 1607. Pues bien, por aquellas fechas, los misioneros y cronistas recibieron detalles en torno a algunos de los misteriosos sucesos que se registraban en el interior de los dormidos volcanes, cuyo magma había sido reemplazado por lagos de aguas profundas y turquesas. En uno de ellos conocido hoy como “La Alberca” habitaba un monstruo que recibía el nombre de “Chan”. En el de “Yuriría”, la laguna cambiaba de color poco antes de los terremotos...

Pero fue en nuestro siglo cuando, al sobrevolar y fotografiar las “Siete Luminarias”, las tomas aéreas pusieron de manifiesto “algo” sorprendente: los siete volcanes principales del valle de Santiago se hallaban distribuidos “a imagen y semejanza” de la famosa constelación del “Cano” u “Osa Mayor”. Y en honor a la verdad, cuando uno examina estas fotografías tiene que reconocer que la coincidencia, cuando menos, es desconcertante. Los siete círculos coinciden casi a la perfección con las siete estrellas fundamentales de la referida constelación. Por supuesto, para una mente medianamente racional, este hecho sólo puede ser considerado como una “simple y curiosa casualidad” o como un “capricho de la naturaleza”. Y puede que esté en lo cierto. O puede que no... Porque hay algo mas. Algo que contribuye a complicar el misterio. Me fue comunicado por la investigadora Guadalupe Rivera de Iturbide. Alertada por estas imágenes y por los estudios del ilustre pensador mexicano Ignacio Ramírez en el siglo pasado, la directora del Instituto de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana puso en marcha un ambicioso proyecto, consistente en el levantamiento topográfico de la totalidad del país. Partiendo de la base de que numerosas ciudades del viejo continente en especial las griegas habían sido diseñadas de acuerdo con los mapas zodiacales, fue inspeccionando los asentamientos del territorio mexicano, verificando con asombro cómo cada uno de los poblamientos se correspondía con una determinada constelación. Y según la doctora Rivera, el valle de las “Siete Luminarias” constituía el centro geográfico matemático de la “gran espiral” que cubre todo México. Y sus hallazgos fueron más allá de lo imaginable. Porque, al estudiar y relacionar el antiguo calendario azteca con este asunto, Guadalupe Rivera llegó a la conclusión de que cada 1.040 años, la “Osa Mayor” termina situándose en la vertical de los mencionados siete volcanes. ¿Otra casualidad?

Pero, como insinuaba anteriormente, en este paradisíaco lugar se dan otros fenómenos, a cual más extraño. Olvidaré temporalmente la historia de “Chan” y centraré mi atención en el cráter “Yuriría”.


Cuando lo inspeccioné, el nivel de la laguna que lo llena desde tiempo inmemorial había descendido notablemente. Y los nativos se mostraban preocupados. Porque las aguas de esta caldera según la tradición y las más modernas observaciones disfrutan de una singular virtud: cambian de color antes de los terremotos. Desde hace años, atraídos por semejante circunstancia, numerosos investigadores en especial biólogos y vulcanólogos han ido desfilando por las orillas de este lago interior, a la búsqueda de una explicación. Y, en efecto, algunos han sido testigos de excepción del súbito y siempre alarmante proceso. De pronto, las verdes y apacibles aguas adquieren una coloración rojiza. Y en cuestión de días o semanas, bien en México o en cualquier otro punto del planeta, se registra un movimiento telúrico. Así ocurrió en Julio de 1985. Los habitantes del valle de Santiago descubrieron con horror cómo el “Yuriría” había modificado el color de sus aguas, ofreciendo una amenazante tonalidad sanguinolenta y un intenso y pestilente olor. Aquélla era la “señal”. Mes y medio después, el 19 de septiembre, la ciudad de México era azotada por un violento seísmo. Y otro tanto aconteció en 1989. En septiembre, el lago amaneció teñido de rojo sangre. Días más tarde, en octubre, sendos movimientos sísmicos asolaban China y California. El cráter, una vez más, lo había advertido.


Y aunque es ahora, merced a la moderna tecnología, cuando se ha empezado a tomar en consideración el insólito “proceder” del “Yuriría”, la verdad es que las noticias sobre tan extraña “virtud” se pierden en la noche de los tiempos. Naturalmente, como sucede con harta frecuencia, siempre fueron tomadas como “fantasías del populacho” o “supersticiones propias de pueblos incultos y atrasados”. Y la ciencia ha tenido que doblegarse ante la abrumadora realidad, reconociendo, en definitiva, que las viejas leyendas y tradiciones no eran sólo fruto de la imaginación popular. El propio nombre del antiquísimo asentamiento humano existente junto al volcán ”Yuririapúndaro” nos habla ya del conocimiento de estos hechos por parte de los pobladores originarios. Porque “Yuririapúndaro” significa “lago de sangre”.


¿Y qué opinan los científicos sobre tan asombroso enigma?



Hoy por hoy se muestran cautelosos. Los análisis de las muestras extraídas en pleno “cambio” de tonalidad han arrojado una importante pero todavía insuficiente “pista”: el “rojo sangre” de las aguas se debe fundamentalmente a la presencia en la superficie del lago de un microorganismo protozoario flagelado de color rojizo. No cabe duda, por tanto, que la modificación de la tonalidad natural del lago obedece a la irrupción, posiblemente desde el fondo, de esta suerte de microorganismos. Pero, ¿qué es lo que provoca el repentino desplazamiento de estas colonias de seres vivos? ¿Quizá una serie de ondas subterráneas desconocidas aún para la Ciencia que precede a los terremotos propiamente dichos? ¿Y por qué en las aguas del “Yuriría” y no en las de los volcanes próximos? Podríamos aceptar que, en el caso de los seísmos de la ciudad de México o California, la proximidad de dichos lugares pudiera provocar un fenómeno previo de distorsión en las profundidades del referido cráter. Pero ¿y en el caso de China?.

Los frutos del Paraíso


Y para cerrar estos breves apuntes en torno al enigmático valle de las “Siete Luminarias” quizá debería hacer mención del no menos misterioso cerro de Culiacán, que se alza a una decena de kilómetros de los cráteres. Allí, según la leyenda, existe una “mágica ciudad subterránea”. Pero pospondré mis investigaciones en las faldas y cima de este coloso para una mejor ocasión y en beneficio de otro enigma que, de no haberlo visto con mis propios ojos, difícilmente lo hubiera aceptado. Porque, ¿quién puede imaginar una col de cuarenta y tres kilos? ¿Cómo aceptar que la tierra pueda ofrecer matas de apio de un metro de altura, cañas de maíz de cuatro, hojas de acelga de 1,85 metros o que, de una sola semilla de cebolla, nazcan hasta doce ejemplares, con un peso total de quince kilos?


Sé que puede parecer una fantasía, muy propia de libros y películas de ciencia-ficción. A las imágenes me remito. Ellas hablan por sí solas.


Todo empezó en los años setenta y justa y misteriosamente en los dominios del valle de Santiago. Varios campesinos y vecinos del lugar entre los que destacan José Carmen García Hernández y Óscar Arredondo Ramírez sorprendieron a propios y extraños con unos frutos gigantescos, como jamás se había visto en la historia de México y, si me apuran, del resto del mundo.

Como es natural, la noticia voló, conmocionando a las autoridades y estamentos oficiales. Y una legión de expertos se personó en los terruños, verificando la realidad de semejante “revolución agrícola”. Pero, desconfiados, sometieron a los “artífices” de las gigantescas cosechas a una prueba de fuego. Y en 1977, en un campo experimental próximo a Tampico (Tamaulipas), ingenieros agrícolas del gobierno y los campesinos de Santiago se enfrentaron en un curioso reto. Los unos sembraron las hortalizas siguiendo los métodos tradicionales. Los otros pared con pared, según su secreto saber y entender. El resultado fue espectacular. Mientras los ingenieros obtenían una producción media por hectárea de ocho toneladas, el “campo” de los “revolucionarios” superaba las cien... Y la “mágica fórmula” según los depositarios del preciado tesoro era extensible a todo tipo de productos: cereales, flores, tubérculos, etc. Y lo demostraron. Las formidables “cosechas” comenzaron a invadir los mercados de la región. Y durante un tiempo, los hogares de los santiaguinos se vieron beneficiados por este “regalo de los cielos”. Baste decir que, por ejemplo, con dos monumentales hojas de acelga podía alimentarse toda una familia. Y algo similar ocurría con las patatas, maíz, cebollas, coles y demás verduras.



La esperanzadora noticia, sin embargo, no agradó a las multinacionales. Tal y como habían demostrado los impulsores de este sensacional hallazgo, la siembra y los cuidados de los productos sometidos a la “secreta fórmula” no requerían de fertilizantes ni pesticidas. El proceso se desarrollaba de forma natural, sobre cualquier tipo de suelo y bajo unas condiciones climáticas y de riego enteramente normales. Y surgieron las amenazas y presiones. Y los campesinos se vieron obligados a abandonar sus experimentos y sus tierras. Uno de ellos, incluso, terminaría en prisión. Y la “gran revolución agrícola” fue abortada.


Las multinacionales, sin embargo, no consiguieron arrancarles el “secreto” de tan prodigioso sistema. Un “secreto” que ha sido transmitido a un escogido grupo de amigos incondicionales de los “revolucionarios” mexicanos. Un “secreto” que guarda una íntima relación con el noble arte de la astrología y que según mis confidentes ”fue legado a estos habitantes del enigmático valle de las Siete Luminarias” por seres “no humanos”.


Sé que estas aseveraciones pueden hacer sonreír malévolamente a los incrédulos y escépticos. Están en su derecho. Pero ¿pueden ellos de la mano de la ciencia oficial obrar un “milagro” semejante?.

Y puede que llegue el día cuando los valores espirituales del hombre hayan madurado en que ese “secreto” se abra de nuevo al mundo, en beneficio de todos.

Por  J.J.Benítez

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