miércoles, 22 de octubre de 2014

Día de acción global por Ayotzinapa


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martes, 21 de octubre de 2014

Aguirre, devuélvenos a los muchachos y lárgate del país



Sólo en México puede pasar que un partido político, jurado defensor de la justicia social, proteja a un político delincuente. Ángel Aguirre debe advertir que ya todo el país sabe que él conoce el paradero de los muchachos desaparecidos y no hace nada por entregarlos a sus padres.

Hay sucesos que pueden acontecer en un estado y pudiera decirse que la responsabilidad es del funcionario a cargo y no necesariamente del responsable político, pero cuando suceden crímenes colectivos, donde es evidente la participación por acción u omisión de un presidente municipal que pertenece al mismo partido del gobernador de la entidad, la responsabilidad política debe ser compartida, así como compartieron los beneficios.

Nadie va a creer que el presidente municipal y el gobernador no fueron informados que, desde las nueve de la noche, los policías municipales de Iguala habían detenido a casi 50 estudiantes normalistas y sumaban ya seis muertos; eso simplemente no sucede, así como nunca sale el sol por el poniente. Un operativo de esta naturaleza siempre es previamente aprobado por ambos niveles de Gobierno. Es imposible creer que, durante esas tres o cuatro largas horas, no fueron informados de que la Policía y los asesinos profesionales estaban negociando la entrega de los detenidos.

Todos los mexicanos con un mínimo de experiencia cercana a Seguridad Pública (yo completé 12 años), sabemos que al tener información importante, de inmediato (y me refiero a los siguientes diez minutos) debemos avisar a nuestro mando superior, él al suyo y así sucesivamente hasta llegar al gobernador en dos o tres pasos, es decir en unos 15 minutos. Todos los funcionarios a partir del segundo nivel tienen el teléfono del secretario del gobernador, y si el gobernador está durmiendo un enlace se encuentra afuera de su recámara. Algo similar sucede con los presidentes municipales de las ciudades importantes como Iguala que, aunque es pequeña, es importante en Guerrero. Ambos funcionarios estaban enterados de la situación cuando mucho treinta minutos después de la detención, si es que no lo estaban en tiempo real como normalmente sucede. Considerando esto, la orden de negociar la entrega de los muchachos a los criminales debió de salir de la oficina del gobernador, o del presidente municipal con la aprobación del gobernador; no puede haber sucedido de otra manera.

 El retraso entre la detención y la entrega fue el tiempo que le tomó a los delincuentes salir de sus casas o de los prostíbulos, suspender la borrachera, darse un pase y preparar las armas y vehículos, por eso llegaron juntos y empezaron a dirigir el traslado de los jóvenes hacia territorio desconocido por sus padres, pero sabido por los dos mandatarios. Estamos seguros que el gobernador sabe quiénes y a dónde se llevaron a los jóvenes.

Por todo esto, él es corresponsable del crimen, y si de verdad hubiera sucedido todo sin que se enterara, entonces es más que un crimen: es una estupidez. Si fue tan estúpido como para no informarse de lo que pasaba, al enterarse de inmediato siguió la línea de responsabilidades del crimen, y les juro que en menos de ocho horas ya sabía exactamente qué y cómo pasó. Y si no pudo enterarse, entonces tenemos otro oligofrénico gobernando un estado.

No debemos entrar en derivaciones ideológicas ni académicas, dejemos descansar el fantasma de AMLO porque no nos interesan los efectos políticos ni la atomización inmediata que sufrirá el PRD, esto es un crimen vulgar y generado, ordenado, tolerado o encubierto por el Estado. Es un crimen y todos los que participaron en él son criminales.

Por eso los invito a que no desviemos la mirada de la pieza.

¡Aguirre, devuelve a los muchachos con sus padres y lárgate del país!

Pero primero entiende imbécil, los padres de los jóvenes no pueden sufrir más y cada día su angustia se contagia a cientos de mexicanos; ya somos muchos los que nos desvelamos pensando en el dolor de esas madres y esa tristeza se va a extender como epidemia brava.

Ay de ti si el pueblo embravecido te llega a tomar en sus manos.

Por Gustavo De la Rosa
Con información de
: Sinembargo

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Sólo en México puede pasar que un partido político, jurado defensor de la justicia social, proteja a un político delincuente. Ángel Aguirre debe advertir que ya todo el país sabe que él conoce el paradero de los muchachos desaparecidos y no hace nada por entregarlos a sus padres. Hay sucesos que pueden acontecer en un estado y pudiera decirse que la responsabilidad es del funcionario a cargo y no necesariamente del responsable político, pero cuando suceden crímenes colectivos, donde es evidente la participación por acción u omisión de un presidente municipal que pertenece al mismo partido del gobernador de la entidad, la responsabilidad política debe ser compartida, así como compartieron los beneficios. Nadie va a creer que el presidente municipal y el gobernador no fueron informados que, desde las nueve de la noche, los policías municipales de Iguala habían detenido a casi 50 estudiantes normalistas y sumaban ya seis muertos; eso simplemente no sucede, así como nunca sale el sol por el poniente. Un operativo de esta naturaleza siempre es previamente aprobado por ambos niveles de Gobierno. Es imposible creer que, durante esas tres o cuatro largas horas, no fueron informados de que la Policía y los asesinos profesionales estaban negociando la entrega de los detenidos. Todos los mexicanos con un mínimo de experiencia cercana a Seguridad Pública (yo completé 12 años), sabemos que al tener información importante, de inmediato (y me refiero a los siguientes diez minutos) debemos avisar a nuestro mando superior, él al suyo y así sucesivamente hasta llegar al gobernador en dos o tres pasos, es decir en unos 15 minutos. Todos los funcionarios a partir del segundo nivel tienen el teléfono del secretario del gobernador, y si el gobernador está durmiendo un enlace se encuentra afuera de su recámara. Algo similar sucede con los presidentes municipales de las ciudades importantes como Iguala que, aunque es pequeña, es importante en Guerrero. Ambos funcionarios estaban enterados de la situación cuando mucho treinta minutos después de la detención, si es que no lo estaban en tiempo real como normalmente sucede. Considerando esto, la orden de negociar la entrega de los muchachos a los criminales debió de salir de la oficina del gobernador, o del presidente municipal con la aprobación del gobernador; no puede haber sucedido de otra manera. El retraso entre la detención y la entrega fue el tiempo que le tomó a los delincuentes salir de sus casas o de los prostíbulos, suspender la borrachera, darse un pase y preparar las armas y vehículos, por eso llegaron juntos y empezaron a dirigir el traslado de los jóvenes hacia territorio desconocido por sus padres, pero sabido por los dos mandatarios. Estamos seguros que el gobernador sabe quiénes y a dónde se llevaron a los jóvenes. Por todo esto, él es corresponsable del crimen, y si de verdad hubiera sucedido todo sin que se enterara, entonces es más que un crimen: es una estupidez. Si fue tan estúpido como para no informarse de lo que pasaba, al enterarse de inmediato siguió la línea de responsabilidades del crimen, y les juro que en menos de ocho horas ya sabía exactamente qué y cómo pasó. Y si no pudo enterarse, entonces tenemos otro oligofrénico gobernando un estado. No debemos entrar en derivaciones ideológicas ni académicas, dejemos descansar el fantasma de AMLO porque no nos interesan los efectos políticos ni la atomización inmediata que sufrirá el PRD, esto es un crimen vulgar y generado, ordenado, tolerado o encubierto por el Estado. Es un crimen y todos los que participaron en él son criminales. Por eso los invito a que no desviemos la mirada de la pieza. ¡Aguirre, devuelve a los muchachos con sus padres y lárgate del país! Pero primero entiende imbécil, los padres de los jóvenes no pueden sufrir más y cada día su angustia se contagia a cientos de mexicanos; ya somos muchos los que nos desvelamos pensando en el dolor de esas madres y esa tristeza se va a extender como epidemia brava. Ay de ti si el pueblo embravecido te llega a tomar en sus manos.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/21-10-2014/28322. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley y que NO puede publicarse sin autorización expresa y por escrito. Si cita este texto (es decir: toma algún párrafo), diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido.SINEMBARGO.MX
Aguirre, devuélvenos a los muchachos y lárgate del país
Aguirre, devuélvenos a los muchachos y lárgate del país
Aguirre, devuélvenos a los muchachos y lárgate del país

martes, 23 de septiembre de 2014

Las armas del alba



La madrugada del 23 de septiembre de 1965, una treintena de hombres intentó tomar la guarnición militar de Ciudad Madera, en la sierra de Chihuahua. Ese episodio, poco documentado por la historia y tal vez minimizado por la reminiscencia oficial, germinó una cadena de movimientos guerrilleros en la región, que después se propagarían por diversas franjas urbanas y rurales del país. Del campo a la ciudad, la lucha armada surgió como una alternativa radical pero determinante, para alzar la voz del pueblo ante la inquina de un régimen postrado en la obcecación y la indolencia, un sistema político que jamás dudó en recurrir a la represión o al crimen para sofocar la insurrección colectiva ante el quebranto social, la injusticia, la corrupción y el autoritarismo que yacía bajo su falaz legitimidad.

¿Cuáles fueron las razones de ese insólito, temerario ataque de un puñado de hombres exhaustos y hambrientos, sin armas suficientes para doblegar a una centena de soldados? ¿Qué percibían sus cuerpos, cuál era el flujo de sus pensamientos al instante de aniquilar la luz de un foco con un solo disparo, para después conjugar sus sombras al fuego abierto contra la cabaña militar? ¿Y qué ritmo adquirió la voz del aire por las balas, cuál fue el aroma que cubrió el manto endrino de las nubes?

Las armas del alba, novela de Carlos Montemayor, ofrece las respuestas a través de una ágil e intensa procesión de imágenes-secuencia, donde los protagonistas de ambos bandos, la guerrilla y el poder, se proyectan sigilosamente en ese cuadro impresionista en que la tierra es, al mismo tiempo, escenario y eje reflexivo, universo y testigo de la condición humana, ya que la prosa de Montemayor –como en Guerra en el paraíso (1991) y Los informes secretos (1999)– avanza desde la quieta armonía del espacio en que gravita la memoria, hasta el último recodo de la conciencia de sus personajes, para hallar las claves de un destino heroico y un porvenir perverso: en Las armas del alba, el lenguaje muta de la identidad del insurrecto a la del uniforme del poder; se construye como azogue donde la historia enmudece en la trágica serenidad del caos, la indignidad y, al fin, la muerte, ese umbrío desenlace que sobreviene bajo la convulsa belleza de un territorio deshabitado por la fe, vaciado de justicia.




El hilo conductor de la novela es una aguda evocación de los oprobios emanados, paradójicamente, de la revolución de 1910. La génesis de una oligarquía forjada en el saqueo y la consolidación del latifundio; la connivencia del gobierno con el terrateniente; los usos feudales de la ley para someter al campesino; la maquinaria delictiva de las guardias blancas; la persecución policial y el exterminio de los "sediciosos", esa especie condenada por el sistema y que comienza por los líderes de los movimientos en defensa de los intereses comunitarios y culmina, acaso, con el magisterio, quizá porque como dijo Víctor Hugo, "la miseria cargada con una idea es el más temible de los artefactos revolucionarios", y la onda expansiva de la resistencia civil que, a pesar de los extremos inmorales del poder, prevalece como una resonancia en la voluntad colectiva por restaurar los principios de un pacto social que nunca acaba de cumplirse.

En la invención de la mirada de Arturo Gámiz, el doctor Pablo Gómez, los hermanos Gaytán, Lupito Escóbel, el fotógrafo Jolly Bustos, el agente del ministerio público Javier García Travesí, el general Gonzalo Bazán Guzmán, el profesor Francisco Luján Adame, el líder Álvaro Ríos, el periodista Víctor Rico Galán y un amplio cortejo de personajes involucrados en los acontecimientos, Carlos Montemayor reconstruye el difícil itinerario de hombres como Socorro Rivera, el primer líder del movimiento campesino de Chihuahua, que promovió la regularización y la expropiación legal de tierras para los ejidatarios; las maniobras delincuenciales de los latifundistas de los terrenos de Bosques de Chihuahua y Cuatro Amigos; la labor de organización y apoyo para los pueblos más vulnerables de la región por parte de la Unión General de Campesinos y Obreros de México (ugocm); los periplos de Chihuahua a Ciudad de México que los incipientes guerrilleros realizaron para su instrucción y entrenamiento; la silenciosa intervención judicial que intentó asfixiar los movimientos sin distingo entre culpables e inocentes; la complicidad por omisión de las autoridades ante los homicidios perpetrados por las guardias blancas y, sobre todo, el sicótico despotismo del general Giner, gobernador del estado en aquellos años, una especie de dictador a escala: patibulario, violento, intolerante y, también, acaparador de tierras.

Respaldado por una acuciosa investigación documental donde se delinea la responsabilidad política de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría y se establecen las coordenadas que desembocarían en hechos más terribles como el 2 de octubre de 1968 y la guerra sucia, con Las armas del alba, Carlos Montemayor no sólo ha concebido un título esencial para el estudio profundo de la historia mexicana, sino una obra espléndida, una novela que concilia la violencia y la poesía, el combate y la agonía, donde los últimos estertores de la lucha no son los gritos de los guerreros ni el aullido de las armas o el horror de los despojos, sino el eco del planeta desde la flora y la fauna, la lluvia, el frío, la oscuridad, los escarpados, las piedras, el viento y los arroyos, quizá porque para Montemayor, escritor prolífico y crítico fundamental del México contemporáneo, las luchas de los hombres abandonan la crudeza y adquieren mayor sentido cuando el destino trata de invocar la salvaje perfección de la naturaleza.

 Por Iván Ríos Gascón

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lunes, 15 de septiembre de 2014

Qué costumbre tan salvaje...



¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
 
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
 
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.
 
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?
 
Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.


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