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jueves, 16 de marzo de 2017

Onésimo García Osorio , un recuerdo a la amistad - Alicia Mariscal de Yapur


Don Onésimo García Osorio 16 de febrero de 1928 - 8 de marzo de 2017


En 1972 Jorge y yo vivíamos en Cd. Mante, eran tiempos difíciles, el aparente auge del algodón a finales de los sesentas dejó en la quiebra económica a muchos, en esos tiempos los bancos no aseguraban las siembras y los que arriesgaron su capital tuvieron pérdidas catastróficas por las condiciones climatológicas de la zona, por ello los comerciantes empezaron a cerrar sus negocios, entre ellos nosotros pues decidimos cerrar la tienda que Jorge había heredado de su padre, ya teníamos a nuestros 4 hijos y él había decidido que emigráramos a Tampico, quería entrar a la facultad de Derecho, él decía que como carrera humanista era la más idónea para apoyar y reforzar su sensibilidad y sus conocimientos artísticos.

En ese mismo año a Jorge lo invitan a exponer en Bellas Artes, por lo que estaba en franca producción de la obra que llevaría a México, y, como era de esperarse, las inquietudes naturales y el nervio de lo que genera un futuro cambio de ciudad y el compromiso de exponer en el máximo recinto cultural del país afloraba en cada momento.



A la casa iban a verlo algunos de sus amigos, entre ellos se destacaba uno que se interesaba mucho en su pintura y le decía constantemente “Jorge Yapur, tú vas a llegar muy lejos” me refiero al buen Onésimo García, que en ese entonces era el presidente municipal de Cd. Mante. Una noche Jorge me dijo “Mañana viene Onésimo, me comentó que viene acompañado de una persona muy importante y que conoce mucho de pintura”.

Al otro día Onésimo llegó puntualmente con su acompañante quien resultó ser el licenciado Ernesto Amor Villalpando, prominente abogado de la ciudad de México y nieto del arquitecto que diseñó la Aduana marítima de Tampico. El abogado resultó ser una persona muy agradable en su trato y bastante culta pues se expresó con un gran conocimiento acerca de la corriente estilística de la pintura de mi marido (En ese entonces Jorge estaba en la corriente abstracta) de inmediato mostró interés de adquirir alguno de los cuadros, se decidió por uno de gran formato, le externó que lo invitara a la exposición y que le auguraba un gran éxito dejándole una tarjeta para lo que requiriera en México.

El abogado Amor Villalpando nos trajo suerte con su visita aquella tarde pero el crédito a la fortuna y a la bendición se lo dimos todo el tiempo a Onésimo García, por su extraordinario valor de la amistad, por su sensibilidad por el arte y el aprecio que sentía por mi marido, pues no sólo tuvo éxito en Bellas artes, de ahí la exposición fue itinerada al Instituto Mexicano del Café, al Centro Libanés de la ciudad de México y a Bellas Artes de Monterrey, Nuevo León, sobra decir que de aquella vasta producción sólo regresó un cuadro y que aún lo conservo.

Escribo estos recuerdos porque personas como Don Onésimo García Osorio dejan el legado de su gran sentido de la amistad y de su sensibilidad para la cultura y las artes. Por ello mi reconocimiento y aprecio para su hermosa familia y a la querida Libertad mi cariño y solidaridad.

Alicia Mariscal de Yapur


 ©2017-paginasmexicanas®

martes, 14 de febrero de 2017

En recuerdo de los hombres nobles- Por Alicia Mariscal Ortega



   Se avecinan fechas muy significativas y me embarga una fuerte melancolía, con ella, la nostalgia . En febrero cumpliría cincuenta y dos años de mi matrimonio con Jorge Yapur, quien fue mi compañero de toda la vida y que tanta falta me hace. Luego, en abril, los cumpleaños de mi hija Alicia y también el de mi viejo (y aquí se me recrudece aún más el sentimiento), porque estos días los celebrábamos con gran calidez y alegría, misma que compartíamos con nuestros más cercanos amigos; ya desde la espera de mi hija Alicia, pues ella reside en Guadalajara, se sentía una gran emoción en la casa y los días parecían más largos hasta su llegada, ésto se acrecentó mucho más cuando nació su hija, mi nieta Sdagia, al grado que mi esposo me preguntaba constantemente “¿cuándo llegan las niñas?”.

   Aunado a este sentimiento, me viene el recuerdo inolvidable, y no carente de tristeza, del ingeniero Heberto Castillo, personaje por quien sentí siempre (y hasta la fecha) una profunda admiración y gran respeto, por la gran calidad moral y congruencia de sus ideales políticos, ésto lo hacía muy cercano a mi manera de pensar y de ver el mundo. Lo menciono porque él fallece en 1997, justamente un cinco de abril, fecha en que mi hija Alicia cumple años, vaya ambigüedades que nos da la vida, quizá el sentimiento sea distinto con respecto a los afectos, pero la sensación de tristeza permanece.

   Conocí personalmente a Don Heberto Castillo en 1987, previo a la campaña presidencial del 88 y que posteriormente declinaría su candidatura en favor del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas. Comento esta acción del ingeniero porque considero que el valor de lo que es la entereza, la decencia y la innegable generosidad quedan perfectamente reflejados en dicho acto.

   Una mañana, muy temprano, mi amigo Pepe Ortiz me llama por teléfono para pedirme que fuera al aeropuerto en ese momento a recoger al ingeniero Heberto Castillo y que lo acompañara durante su estancia en el puerto (En pocas palabras que fuera su chofer y guía), evidentemente me agradó mucho la idea y accedí de inmediato a su petición, experiencias como estas se presentan muy pocas veces en la vida. Yo sabía del ingeniero Heberto Castillo desde años atrás por sus colaboraciones como columnista en la revista PROCESO, conocía de su integridad política, de su capacidad como científico y por sobre todo de su lucha para que en este país hubiera justicia social.

   Como nunca antes, ese día el avión llegó puntualmente; para mi sorpresa me encontré con un hombre de recio aspecto, muy fuerte y que nada tenía que ver con la persona que veía en televisión y en las fotografías, y aún más agradable para mí, su sencillez y su amabilidad.

   Durante el trayecto le expliqué la logística y el itinerario de ese día, tenía que dar un discurso en la plaza “Hijas de Tampico” y encabezar una marcha por el centro de la ciudad, era indudable que yo no me quedaría con las ganas de hacerle una especie de entrevista que más bien fue un interrogatorio general sobre sus vivencias y su percepción de lo que sucedía políticamente en el país, le pregunté sobre su apoyo a la lucha ferrocarrilera, a la de los maestros normalistas, a la de los médicos, por supuesto a su participación en el movimiento estudiantil de 1968 , también, muy prudentemente,  le pregunté cómo fueron esos dos años de encierro en Lecumberri; de entre todos estos cuestionamientos también me interesaba saber acerca de su amistad con el obispo Sergio Méndez Arceo, ya que me parecía paradójico y honestamente tenía la curiosidad, de cómo un hombre de izquierda podía llevarse sumamente bien con un hombre del clero, se sabía que eran grandes amigos; su respuesta fue contundente “Alicia, el Cura Méndez Arceo es como un hermano para mí, precisamente él me visitó continuamente mientras estuve encarcelado y jamás me dejó solo, él es un hombre muy comprometido con su causa, coincidimos en muchas luchas sociales y estamos de acuerdo en muchos aspectos…”

   Fue toda una gran experiencia conversar con el ingeniero Heberto, saber de su propia voz parte de esa historia, en muchos aspectos, casi clandestina de la vida incansable y azarosa por perseguir sus ideales sin perder sus principios. Ya entrada la tarde lo llevé rápidamente al aeropuerto porque su avión estaba a punto de salir, afortunadamente llegamos sin inconveniente alguno. Ya en el área de abordar se despidió de mí con mucha gentileza y una afabilidad como si me hubiera conocido de siempre, al verlo alejarse me quedé con la satisfacción , entre varias cosas, de haber conocido a una de las personalidades más importantes de nuestra historia contemporánea.

   Años después volví a verlo un par de veces, en una plática que impartió en una universidad local y otra en una reunión política, en ambas me reconoció; esa cordialidad y humanidad me llevan a reflexionar sobre las palabras que escribió cuando falleció su amigo el Padre Sergio Méndez Arceo.

   “Todos los seres nobles y buenos nos dejan la semilla de la libertad y la dignidad, cuando mueren seres como ellos, no los enterramos, no los incineramos, están sembrados en la conciencia del pueblo”.

Yo acotaría: “También Usted Ingeniero, también Usted”

Dedicado al Lic. José Ortiz Rosales

Por Alicia Mariscal Ortega

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sábado, 26 de noviembre de 2016

Querido Fidel - Leandro Grille



El periodista Leandro Grille, nacido en La Habana, Cuba, escribió una emotiva carta apenas conocido el fallecimiento del líder histórico Fidel Castro.

Querido Fidel


En este rincón íntimo y concreto de mi vida, la que me dieron mi madre y mi padre en su rumbo de su exilio y de Revolución, siempre habrá un motivo para quererte, para no olvidarte, para no dejar sin contestar un solo agravio de los sujetos mínimos, una sola afrenta de los esbirros del odio.


Se corrió el telón de tus cien vidas, ya apagaron la luz. Salimos todos moqueando, admirados por tu estatura de gigante, abatidos por la tristeza, deshechos, consternados, sin saber qué decir ni qué hacer para poner el corazón afuera, para que todos vean lo que nos pasa adentro, lo que hemos perdido, lo que fuiste para nosotros. Querido comandante, amado subversivo invicto, pusiste a Cuba arriba de la historia, en una loma inalcanzable para el imperio y para los indignos. Hombre faro, te llorarán en todas las villas de la tierra, pero atrás del dolor por tu partida, en los campos de Angola y de Namibia, en los cerros de Venezuela, en Hanoi invencible, en las plazas de Santiago, en Harlem, en Granada, allí donde tu ejemplo inagotable vivirá por siempre, nos quedará a los propios la alegría, la certeza, el orgullo incólume cuando pronunciemos tu nombre. Porque, vamos a ser justos Comandante: ¡Qué paliza les diste! Van a pasar mil años, cien presidentes y dos millones de psicólogos antes que puedan olvidarla.

Leandro Grille
Con información de: CarasyCaretas


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sábado, 24 de septiembre de 2016

JORGE YAPUR, UNIVERSAL Y VIGENTE



Como medio de trascendencia humana, la obra artística navega por el tiempo y el espacio con un desafío implícito. A fin de conservarse viva, universal, ha de mantener la frescura, el impacto y las emociones del primer momento. Nadie mejor que el propio artista lo sabe. De ahí su angustia, conforme va advirtiéndolo.
 
Por ende, quien se consagra a los menesteres del arte toma en serio el desarrollo coherente de convicciones, rupturas, continuidades y etapas, capaces de proveerle una identidad definida ante la hora del mundo que lo enmarca. Recorre los caminos delante a lomos del talento, cuyo galope aún debe afinarse en los rigores del aprendizaje multidisciplinario; aprendizaje que abre horizontes y sustenta la propuesta estética. Sin becas, ni apoyos o estímulos a cargo de los presupuestos sectoriales que han ido conformándose, lejos además del intrínseco aliento de las grandes urbes, sería comprensible incurrir en desmayos y flaquezas.
 




Pero he aquí que Jorge Yapur Sherife persevera en tierras entonces culturalmente precarias. Nunca las abandona, sino que concurre a transformarlas. Lo hace por tratarse nada menos que del terruño, donde afina genio y carácter, es decir el temple, imprimiéndole características inconfundibles. A contracorriente, acumula realizaciones plásticas de altos vuelos, resueltas siempre con solvencia y audacia. Por algo las avala el mismísimo Instituto Nacional de Bellas Artes. Cruzan luego el océano Atlántico, engalanándose con ellas la Expo Sevilla de 1992, para renombre de la patria chica.
 
Jorge Yapur Sherife cosecha a la par reconocimientos. En vida colman los entornos locales y alcanzan prestigiosos escenarios foráneos. Dichos reconocimientos incluso le sobreviven, multiplicándose post mortem con el afecto ganado por el maestro a pulso.
 
Nos complace mucho que se una a la saga el título bibliográfico hoy presentado bajo el sello del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, dirigido por la maestra Libertad García Cabriales. Nos referimos, claro está, al libro “Jorge Yapur, la voluntad del linaje”, del que tengo el gusto de ser coautor. Este compendio sin duda redundará en difundir con mayores bríos un magnífico acervo plástico, orgullo de Tamaulipas; reitera asimismo la vigencia y la universalidad del llamado Rulfo de la Huastecas. Por compartirlo, el aprecio sincero a la familia Yapur Mariscal –doña Licha, Victoria, Alicia, Jerjes, Yamil--, y a todos ustedes gracias por escucharme.

Presentación del libro “Jorge Yapur, la voluntad del linaje”. Espacio Cultural Metropolitano, Tampico, Tamps., 24 de septiembre de 2016

Por Raúl Sinencio Chávez 

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domingo, 18 de septiembre de 2016

Color e identidad: los orígenes del rosa mexicano



En las oscuras y sucias calles del Londres de mediados del siglo XIX se fundó el Royal College of Chemistry, siendo el químico alemán August Wilhelm Hofmann su primer director. En plena Revolución industrial, el principal cometido de la industria química en Inglaterra era la aplicación de los nuevos descubrimientos en el campo de la química orgánica, propiciada en gran medida por los experimentos realizados a partir del abundante subproducto de la industrialización: el alquitrán de hulla. A partir de los experimentos que Hofmann realizó con este material, pudo descubrir nuevos compuestos como el formaldehido y, junto con sus alumnos, logró perfeccionar los métodos para la extracción de benceno y del tolueno y convertirlos en compuestos nítricos. Ahora sabemos que fue quizás la industria bélica la que se vio mayormente beneficiada con estos importantes avances.

Uno de sus alumnos más distinguidos fue William Henry Perkin, a quien le fue encargada la noble tarea de encontrar la fórmula para producir, a partir del alquitrán, un sustituto sintético para la escasa y costosa quinina que se utilizaba para tratar la malaria, enfermedad muy extendida entre los colonialistas europeos. Perkin y su equipo sintetizaron de manera accidental un nuevo producto de un violeta intenso que llamaron “malveína”, debido a su parecido con los tintes naturales extraídos de las flores de malva. Perkin también descubrió un intenso tinte rojo conocido como carmesí de alizarina, sólo que la compañía bávara de anilinas, la basf, logró anticiparse con la patente. Otras compañías germanas como la agfa (Aktiengesellschaft für Anilin Fabrikation), la Hoechst y Bayer, desplazaron a las compañías inglesas convirtiendo a Alemania en la más grande potencia química y farmacéutica de la Europa de finales del siglo XIX.

La anilina (del añil o índigo) fue un descubrimiento descomunal que tuvo un enorme impacto en la economía del mundo. La gama cromática, que abarca del azul al rojo, siempre fue muy cotizada y muy costosa de producir, particularmente para la tinción de diversos textiles. Con el descubrimiento de estos tintes sintéticos, las enormes crinolinas que usaban las damas de sociedad europeas podían teñirse de violeta, de azul y de rosa a mucho menor costo que en toda la historia pasada. De hecho, cuando naciones enteras subsistían en gran medida de la producción de tintes naturales (como el índigo de India), sus economías se fueron a pique. Cuenta el químico e historiador del color inglés Philip Ball que, en 1860, la compañía Simpson, Maule y Nicholson fabricó un rojo de anilina que nombraron inicialmente como roseine, pero que finalmente se hizo más conocido por el nombre que persiste hasta el día de hoy: “magenta”, en honor de la ciudad italiana donde el ejército francés se enfrentó al austríaco en junio de 1859 y que había sido noticia de primera plana.


La enorme gama de productos teñidos, pintados, entintados o que incorporan en su material el amplísimo espectro de rosas, fucsias, violetas, magentas y rojos que se sintetizan actualmente a partir de estos colorantes, es inmensa e incluye ropa, coches, libros y revistas, juguetes, mochilas, productos artesanales, lonas y todo tipo de plásticos. Pareciera, por lo menos en México, que estamos invadidos por objetos en “rosa mexicano” o de colores similares (si es que aceptamos esta nomenclatura como un color oficial).

Cromática de la “mexicanidad”

Se ha repetido de manera insistente que México es un país muy colorido. Incluso sigue existiendo una política pública, impulsada por el entonces presidente Felipe Calderón, respecto a la “marca país México”, que hace hincapié en el uso de colores “cálidos, estridentes y vivos” que representen nuestra enorme “riqueza visual”. Sin lugar a dudas, y en muchos sentidos, el nuestro sí es un país que tiene cierta inclinación por el color, lo cual es evidente en nuestros mercados, en muchos de nuestros trajes regionales, en la arquitectura de algunas ciudades y aun en nuestra cultura culinaria. Es tal nuestro orgullo por el color nacionalista, que aseguramos que nuestros artistas han sido algunos de los mejores coloristas del mundo, como es el caso de Rufino Tamayo, quien “nació con las manos llenas de color” nativo de Oaxaca y, por lo tanto, “heredero de las grandes culturas prehispánicas”. Otro ejemplo que se repite con frecuencia es el del famoso color rosa de Luis Barragán quien, por su parte, declaró alguna vez que su paleta provenía en realidad de los surrealistas, en particular de “De Chirico, Balthus, Magritte, Delvaux y [sí] Chucho Reyes.”

De acuerdo con la mayoría de las fuentes disponibles, los pueblos “más civilizados” han rechazado históricamente el uso de colores intensos. Para algunos teóricos del pasado, como Johann w. von Goethe, el extendido uso del color es más característico de los países que se ubican en las regiones más calientes del planeta. Por otro lado, en su famosa Teoría de los colores, el poeta romántico demuestra ser un pensador racista, pues llega a afirmar que el color de la piel “indica una diferencia de carácter” y que el de los europeos, que “varía del blanco al amarillento, pardusco o rojizo […] es el más hermoso”. En cambio, el rojo (o “colorado” –el color por antonomasia–) es preferido por las personas “robustas y rudas”, por los niños y, por ende, por los pueblos salvajes y primitivos. Para los conquistadores españoles del siglo xvi, el gusto por el color de los nativos americanos era considerado incluso demoníaco (Goethe usa la palabra “peligroso”; gefährlich en la edición original).

El “rosa mexicano”, una versión rebajada pero intensa del rojo, entraría en estas categorías (véanse los escritos de Motolinía y Sahagún en México y Poma de Ayala en Perú). Aquí cabe recordar que dicho color no existía en las paletas prehispánicas, no obstante distintos tipos de rojo sí eran apreciados y sí se utilizó ampliamente como tinte, extraído de diversas plantas, insectos y moluscos.

La verdadera modernización de nuestro país no inició sino hasta finalizada la Revolución, y con ella se introdujeron masivamente los tintes artificiales, sustituyendo casi hasta la extinción muchos de los productos naturales que genera nuestro rico país. Como sabemos, todos los gobiernos postrevolucionarios han participado en una campaña orientada a la cohesión social basada principalmente en el fortalecimiento del nacionalismo y en la creación de una identidad. Paradójicamente, la gran mayoría de estos gobiernos ha sido de derecha, como casi todos los nacionalismos. Durante la búsqueda de esta famosa identidad mexicana y nacionalista, surgieron diversos grupos que se caracterizaron por su xenofobia y su conservadurismo. Después de la Revolución, como parte del proceso nacionalista que definió nuestra idiosincrasia presente, se multiplicaron los grupos derechistas en México, particularmente durante el cardenismo, que fue el gobierno postrevolucionario más orientado hacia el pensamiento de izquierda. Esta polarización se fue definiendo aún más durante la Guerra fría en las décadas posteriores. Cuando terminó la segunda guerra mundial, y coincidiendo con el macartismo, el entonces presidente Miguel Alemán impulsó una doctrina llamada “de la mexicanidad” y la mayoría de los medios masivos de comunicación se unieron a esta campaña, fuertemente anticomunista.

En medio de este período surgió la idea de un “rosa mexicano”. Alrededor de 1948, Ramón Valdiosera, un joven diseñador de modas, supuestamente inspirado en la indumentaria de los grupos étnicos y el color de las buganvilias, lanzó una colección que tuvo amplia aceptación entre las mujeres de la alta sociedad mexicana, encabezadas por actrices como Dolores del Río y María Félix. Cuando se presentó en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, los periodistas estadunidenses lo bautizaron como mexican pink y posteriormente recibió el espaldarazo de Alemán como una especie de embajador de la mexicanidad en el extranjero y entre el jet set.

Como se mencionó antes, fueron las principales compañías farmacéuticas las encargadas de sintetizar esta nueva gama cromática, a la cual pertenecen los tintes orgánicos que se usan para producir los rojos, violetas y rosáceos que tanto se utilizan hoy en día para la elaboración de un sinfín de productos comerciales que hace cincuenta o más años hubieran resultado extremadamente costosos. Entre otras cosas, y desde su fundación, estos mismos megaconsorcios productores han sido responsables de casi todos los explosivos y venenos que se emplean en la guerra y son los dueños, por así decirlo, de la producción de la mayoría de los colorantes sintéticos disponibles en el mercado.

Curiosamente, la relación entre el colorismo y el nacionalismo exacerbado no es exclusiva de nuestro país. Cuando los cromoluminaristas (puntillistas) y posteriormente los famosos fauves, como Henri Matisse, llegaron a la costa del sur de Francia en busca de la “luz y el color mediterráneos”, también arribaron a la cuna del ultranacionalismo francés. Fue en esta región donde se fundó el movimiento de Acción Francesa, mismo que publicó las revistas L’Occident (con la cual colaboró el pintor Maurice Denis) y La Rénovation Esthétique, de Émile Bernard, discípulo de Cézanne. Lamentablemente, nada de todo lo antedicho parece haber influido para moderar al menos la campaña de “rosificación” de nuestra nueva Ciudad de México, donde los miles de taxis, las fachadas de los verificentros, las credenciales de los adultos mayores y prácticamente toda papelería oficial, incluidas las boletas que emite la tesorería, nos han invadido como nunca antes •



lunes, 1 de agosto de 2016

El otro México de los Mexicanos y el Mundo


“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.” Albert Einstein



México lindo y querido. Así inicia una de las canciones luz que despiertan los ánimos y voluntades de propios y extraños cuando habiendo vivido aquí en México, como es mi caso, la letra y música de Jorge Negrete, autor de esa pieza en sobresaliente, hace que la piel se erice, la sangre hierva y el alma se despierte; como cuando se escucha en los estadios a una sola voz la fuerza que recuerda la emancipación en busca de la dignidad palpado en los hechos y las letras de la historia mexicana, en el mexicano creativo, el inventor, el visionario, el agricultor, el industrial, el profesional; en lo artesanos, los artistas, el buen vecino, en la Villa de la Virgen de Guadalupe, cuando ves la esperanza andando en los cuerpos iluminados y los ojos como barniz, en la sonrisa complacida de miles y miles que la frecuentan cada día; o, en grito del 15 de septiembre, tres veces elevado a la nonagésima potencia. Sí, habría que estar muerto para no sentir algo sino mucho, cuando en tu entorno ves y escuchas a una sola voz que el pueblo (niños, mujeres, hombres) exhala de su ser profundo: ¡Viva México, Viva México, Viva México!



La semana pasada describí una triste realidad. Es cierto que existe inseguridad, tanta que a veces se siente temor de salir y otras veces hasta dormirse por si entran a robar. Pero con todo y eso, por muy cierto que sea, no es México, esto también es verdad.


El hecho que haya desalmados, corruptos, criminales no es lo único que hay en esta gran Nación. En lo particular, así como cuestiono y señalo lo indeseable, con esa misma pasión la defiendo de quienes la acaban incluyendo a los nacidos aquí porque pareciera ser que no les importa sus entrañas terrenales ni su placenta cultural que da vigor al sentido de pertenencia.


A la Nación mexicana la he defendido y defiendo contra quienes la usufructúan desmedida y demencialmente como si fuera su patio particular o su hacienda con esclavos de inicios de 1900. Y, claro, también la enaltezco (pese a mi ignorancia) dada tanta diversidad que existe, diciéndole a aquellos que la conocen menos que no se equivoquen con las realidades; y es que, probablemente sin desearlo, vociferan epítetos injustos a partir de un marco de referencia limitado; o, incluso totalmente desconocido tratando de reducir la inmensidad mexicana sólo por un comentario escuchado. México es una Nación sorprendente, majestuosa que también tiene gente valiente, valiosa, íntegra y productiva. No todos son tranzas o ratas de dos patas como canta la insigne y popular mexicana Paquita la del Barrio.



No. No fue esa mi intención. No pretendí quitarle méritos a la voluntad de millones de personas que se despiertan con el deseo de dejar su alma en la construcción de mejores caminos y legados para ésta y las siguientes generaciones. Si bien existe aquello triste, ruin, feo con lo que se ensalzan gobernantes megalómanos, tan desalmados como los más criminales también hay millones quienes en sus casas educan a sus hijos, en sus trabajos ensalzan su profesión con el compromiso, en las calles defienden y propinan la dignidad humana en sus valores y principios.


De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la Encuesta Intercensal 2015, en la República de los Estados Unidos Mexicanos, se pudo contar con 119 millones 530 mil 753 habitantes. ¿Cuántos les gusta que sean entre criminales, ladrones, delincuentes, corruptos? Son 32 Estados, eso es que son 32 gobernadores y no todos son crueles, poco importa, vividores, oportunistas y otras hierbas aromáticas incluyendo a sus compadres y padrinos de poder. ¿Cuántos son los jefes de mafias o cárteles y cuántos viven de ello? ¿Serán entre todos los de esta calaña unos 100 mil? ¿Medio millón? ¿Dos millones o cinco, o diez? Pues le tengo una buena noticia, somos más los buenos, los mejores, los éticos, los que tenemos valores y principios. Más de 100 millones de personas puestas y apostadas a seguir trabajando por un México digno, grande, transformador (y no es “slogan” de campaña electoral) los que vamos hacia una ruta de triunfos.


Si a esto le agregamos que la industria lacracinia (palabra que inventé para referirme a las lacras como defecto o vició social) no es patrimonio de los mexicanos, pues también los hay en todas partes del mundo y en América Latina pululan como las luciérnagas en Nanacamilpa y Españita de Tlaxcala en tiempos de reproducción que salen miles y miles en los meses de junio, julio y agosto. Nada más que en las luciérnagas es un proceso natural iluminar para aparearse; y las lacras buscan el destello para aprovecharse. Así está esto. México no es el único país con tunantes o villanos.


De hecho, estoy seguro, sin ser ni biólogo ni antropólogo, que a este torbellino de personas les ha emergido más la parte negativa del ADN aportado por los conquistadores. Latinoamérica es el resultado de las conquistas y colonias sobre todo españolas, aunque también italianas, francesas y portuguesas. España fue invadida y colonizada por varias culturas como: celtas, íberos, romanos, visigodos, vándalos, árabes; a través del tiempo, éstos introdujeron sus costumbres en la Península Ibérica. Las prácticas aprendidas por los españoles las enclavaron en el Nuevo Mundo con la conquista y el coloniaje.


Durante la Conquista imperaba la monarquía como forma de poder, que siglos después desembocó en el sistema republicano como práctica democrática que permitió una conducta administrativa gubernamental apesadumbrada. Una parte por la genética y otra por los hábitos aprendidos que algunos españoles introdujeron a América Latina. Si bien no todos, sí hubo conquistadores y colonizadores piratas y corsarios que zarparon buscando no sólo enriquecerse sino oportunidades de vida en tierra firme.


Con los virreinatos hubo negociaciones y pactos de no guerras para poder gobernar. La corrupción fue un mecanismo de control para el logro de objetivos económicos, sociales y políticos particulares de los gobernantes en América Latina. Esto ha sido una constante desde entonces que se ha reflejado con mayor frecuencia durante las últimas cuatro décadas (periodo 1975-2015).


Con esta actitud se ha amalgamado una fusión ofensiva de los conceptos democracia, poder y corrupción como forma de vida de muchos gobernantes. Esto ha tenido mayor auge en los dieciséis años que van del siglo 21 al evidenciarse que no es lo mismo gobernar que ser oposición, sin importar la tendencia política.


De manera específica, México, aunque también en otros países latinoamericanos, no escapa a esta antropología casi sistémica, así la biología y sociología del mexicano es pintoresca. Donde está fundido el misticismo celta, el oportunismo romano, la filosofía visigoda, la violencia vikinga, la inventiva árabe, la piratería europea. Todo ello nos llegó con los españoles que habían sido conquistados por todas las anteriores culturas cuando fue tomada la Península Ibérica o Hispania desde antes de Cristo, y posteriormente durante siglos.


Pero esto no es de lamentar, pues somos los latinos éso y más, y los mexicanos forman parte de ese crisol de razas y pensamientos históricos. Estoy convencido que México es más que tequila, tacos, sombreros charros, mariachis y, por supuesto, más que delincuentes. Hay un esplendor mexicano nato, pese a todo, no es para menos defenderlo y gritar: ¡México Lindo y Querido!



Por José del Rosario Sánchez Franco (Consultor y asesor en Comunicación Política y Organizacional). Con información de El Sol de Puebla


Nota : La canción de México Lindo y Querido es autoría de Chucho Monge, compositor mexicano, autor de numerosos boleros, conocido internacionalmente.

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martes, 21 de junio de 2016

Chiqueos, apapachos y otras alevosías y herejías lingüísticas

El apapacho reviste la forma de la exquisita cortesía mexicana.

Son numerosos los vocablos insulares que se refieren al afecto y al cariño

Las lenguas asumen los rasgos de los pueblos que las hablan. ¿O será al revés? La contundencia del germano se expresa en el alemán. La delicadeza de los galos, en el francés. La ejecutividad angloamericana, en la eficiencia del inglés; la musicalidad de los ítalos, en el italiano... Y así muchos más.
La tierna reciedumbre de los íberos, en especial los celtíberos originarios —gallegos y asturianos— se expande por la meseta castellana, se funde con el susurro del árabe, y forma el español, que se opone a la cantarina palatalidad comercial —como desgranamiento de monedas— de los fenicios carpetovetónicos devenidos catalanes. Los vascos se cuecen aparte, como sus chuletones. Lo último que se dice de ellos es que son de otro planeta: lo creo.
Así el habla española, en Cuba, “tierra de morriñas” como la llamó Castelao, en recordanza de “miña terra” y la queja de “Asturias, patria querida...” adopta, con su innata propensión al diminutivo cariñoso, fundidos con las olas caribeñas y la brisa tropical, singulares hallazgos de querencias.
Son numerosos los vocablos insulares que se refieren al afecto y al cariño, pero hay dos que solo tienen equivalente cercano en el habla mexicana: el “quero” y el “chiqueo”, que se hombrean con el “apapacho” azteca.
Una etimología tropelosa quizá quisiera derivar “chiqueo” de “chiquero”, lugar donde los chanchos reciben interesada atención previa a su inmolación orgiástica, pero yo prefiero declinarlo de “chiquito”, pues es el modo de tratarlo a uno como niño o “fiñe”; “chamaco” dirían en México, donde “chamaquear” es aprovecharse de la ingenuidad del otro: “Te chamaquearon”. En cubano, más descarnadamente: “Te jodieron”. Y “quero” es apócope imperfecto de “quiero” y recuerda la frase maternal, de “darte un quero”, por “un abrazo”. Seguramente muchos cubanos —y cubanas— en momentos de especial sensibilidad y necesidad urgente de ternura, han implorado perentoriamente a su pareja: “Dame un quero, bien fuerte”. En México se insinúa cortésmente: “¿Me apapachas un poquito?”.
Pero el apapacho es más profundo y complejo, pues reviste la forma de la exquisita cortesía mexicana (“cortés como un indio mexicano”, se decía en España desde el siglo XVI, aunque también —si los provocan— pueden ser personajes de grandes y terribles furores). La “cortesía” mexicana es toda una categoría estética y ontológica, que difiere de la afectada “courtoisie” francesa, de la noble, hidalga y algo brusca e ingenua liberalidad española, y por supuesto mucho más por encima de la gélida “calmness” inglesa. Es el ofrecimiento en su estado más puro, que invita pero no obliga. “¿Quieres repetir?”, pregunta UNA vez en México el estupendo anfitrión cuando uno toma el primer plato, y se espera que el invitado se sienta tan en SU casa que acepte desde la primera vez, pues insistir sería de mala cortesía. Golpe cultural del cubano recién llegado, ajeno a los modos, usos y costumbres, pues en Cuba siempre se espera que te lo repitan al menos DOS veces, para luego aceptar: aprendí la lección muy rápido, goloso como soy.
El apapacho mexicano reviste especial dulzura y compasiva ternura con el “borrachito”. Cuba, formada en la severa tradición castellana donde “lo único peor que un hombre borracho es una mujer borracha”, como decretaba sin apelación mi abuela gallega, desprecia al beodo, lo menosprecia, lo rechaza. En cambio, en México, donde la libación es arte compartido, rito celebratorio proveniente del mágico pulque, el infeliz trasnochado herido de muerte por el Rey de Copas, recibe abrigo y abrazo, lo arropan, “lo apapachan”: “No le hablen alto, que está ‘crudo’ (cocinado, diría yo), no lo molesten, tráiganle un caldito de gallina, una pancita, un taquito de barbacoa...”.
En España —y por tanto, Cuba— el borracho es blanco del desprecio y el rechazo, sujeto al desdén más absoluto y terminante: en México, es objeto de la caridad pública, de la comprensión, el recipiendario por excelencia del “apapacho” protector y cómplice, que atiende hoy para ser atendido mañana, pues parten de la sensata convicción que TODOS pasaremos por semejante duro trance en algún momento no muy lejano. Para los casos de urgencia extrema de ternura, se reserva la pronunciación especial del vocablo: “apapasssssho”, así, con una acariciadora “s” sibilante.
No hay traducción exacta posible para estos términos (quero y apapacho): porque son algo más que afecto, cariño, amor, atención... Se refieren a una zona aún más entrañable e íntima que la expresión material de la atención delicada. Es algo más, indefinible e intraducible, que implica cierta tácita complicidad de ambas partes: dejarse apapachar (mi deporte favorito). Con cierta “delicadeza”, que es origen de “delicatessen”. No es casual que lo último que escribió José Martí, reveladoramente dirigido a un mexicano, su gran amigo Manuel Mercado, empieza por reconocerle noblemente y recordarlo “con ternura y agradecimiento” y “a esa casa que es mía” (“mi casa es su casa”, seguro le dijo Mercado), y culmina con la frase inconclusa “hay afectos de tan delicada honestidad” (el subrayado es mío), el día antes de morir absurdamente en un tiroteo que no llega a escaramuza, apenas a combate y menos a batalla. Sin embargo, ya en el umbral de la eternidad, en la psiquis martiana lo mexicano está asociado con lo delicado, sin duda.
He creado un vocablo —neonahuatlismo sería— para señalar en mi casa la zona donde se juntan las condiciones perfectas para más que “atender” a los amigos y familiares, “apapacharlos”, y por eso la llamé APAPACHITLÁN, es decir, el locus amoenus del apapacho, el sitio de los querendones, el espacio perfecto para el mimo y el goce de la amistad y del privilegio de la vida: con una vista imponentemente bella, frente al Océano Pacífico, a 90 metros de altura sobre él, teniendo a un lado el amanecer desde Puerto Marqués y al otro el atardecer en Pie de la Cuesta, con la brisa poderosa del mar que invita siempre a la introspección. El mérito de semejante escenografía corresponde a Dios.
José María Heredia se exaltaba frente al espectáculo del agua en cualquiera de sus manifestaciones, ya fuera precipitándose tropelosa en la “Oda al Niágara”, ante la inabarcable inmensidad del mar en “Al Océano”, o la cristalizada en nieve, en el Nevado de Toluca. Desde ese Belvedere acapulqueño siempre musito como oración que me “religa” con lo divino, en un rito especial de homenaje particular al desdichado José María su “Himno del desterrado”: “Reina el sol, y las olas serenas / corta en torno la proa triunfante / y hondo rastro de espuma brillante, / va dejando la nave en el mar...”.
Ese promontorio desde donde divago, era el primer trozo de tierra firme que avistaban las tripulaciones del Galeón de Manila —mal llamado “La Nao de China”— después de un tornaviaje de ocho meses, ansiosos ya de pisar la arena y beber agua fresca: así pues, es un sitio marcado para el apapacho mundial de navegantes y peregrinos.
Hace muchos años un viejo amigo viejo —entonces no tanto— al sorprenderme “cabiztivo y pensibajo” sentado en el Malecón habanero frente a su casa —él disfrutaba allí entonces privilegiado penthouse— bajó a saludarme (a “apapacharme” sin saberlo yo aún) en una noche “oscura y ventosa”, me preguntó la razón de mi tristeza y además inquirió de qué era culpable. “Soy inocente”, le dije ingenuamente y él, quizá en lo más sabio que ha dicho en toda su sabia vida —y ha dicho mucho— me contestó: “Nadie es inocente frente al mar...”.
Hoy en mi “Apapachitlán” acapulqueño, recibiendo el salitre del poderoso Océano Pacífico, frente a donde van a saltar las ballenas cada año en su rito de apareamiento, hay una placa de talavera poblana, donde se lee ese verso —sin dudas es mucho más que una frase— con el nombre del amigo, para perpetua memoria de un filósofo sabio, poemínimo dicho en una noche habanera, “many moons ago”, frente al Estrecho de La Florida a un joven herido —y culpable— de amores...
Tlalpan, 14 de junio de 2016.
Por Alejandro González Acosta
Con información de Cuba Encuentro
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lunes, 30 de mayo de 2016

Elogio de la envidia y los poetas