Mostrando entradas con la etiqueta México. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta México. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de junio de 2017

Vida idearia: Nahui Olín - Por Felipe LLanas Moreno



Nahui Olín, pobre y envejecida, trata de vender una poesía en los cafetines y restaurantes del México que la ha olvidado.

-¿Quién gasta un cinco en comprar
un poema?-


Sus ojazos verdes destellan entre
el desamparo y el recuerdo. Está convencida
de que su tiempo es otro
y no éste
que avanza hacia su muerte.


Se sienta a descansar en una banca
de la Alameda. El alimento para sus gatos
está seguro en una bolsa de plástico
que coloca en su regazo. Los papeles
hechos rollo que contienen sus escritos
y dibujos están en los bolsos
de su abrigo ajado.


Se incorpora con una firmeza
que todavía enamora. Camina lenta
saboreando sin remilgos el tedio
de la tarde del sábado. En la derruida
casona que habita, Carmen Mondragón
la espera con el festín del desvarío
en el que encuentran juntas
la felicidad bizarra
de la soledad.

NOTA. María del Carmen Mondragón Valseca (“Nahui Olín”) (México, 1893 o 94 - 1978).Perteneció a la aristocracia porfiriana, contra la que se rebeló, y fue considerada una de las mujeres más bellas y controvertidas de su tiempo; un personaje singular en una época política y culturalmente significativa para México: Los años veinte del pasado siglo. Modelo, poeta, pintora y feroz precursora de la liberación auténtica de la mujer, coincidió con Diego Rivera, Edward Weston, Tina Modotti, el Dr. Atl (su amante-enemigo quien la rebautizó como Nahui Olín), Antonieta Rivas Mercado, Frida Kahlo, Palma Guillén, Jean Charlot, y un largo etcétera. Murió presa de la locura, en el abandono y la miseria. Su obra pictórica y literaria no ha sido justamente valorada.



Por Felipe Llanas Moreno. Septiembre 2014.


©2017-paginasmexicanas®

lunes, 1 de agosto de 2016

El otro México de los Mexicanos y el Mundo


“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.” Albert Einstein



México lindo y querido. Así inicia una de las canciones luz que despiertan los ánimos y voluntades de propios y extraños cuando habiendo vivido aquí en México, como es mi caso, la letra y música de Jorge Negrete, autor de esa pieza en sobresaliente, hace que la piel se erice, la sangre hierva y el alma se despierte; como cuando se escucha en los estadios a una sola voz la fuerza que recuerda la emancipación en busca de la dignidad palpado en los hechos y las letras de la historia mexicana, en el mexicano creativo, el inventor, el visionario, el agricultor, el industrial, el profesional; en lo artesanos, los artistas, el buen vecino, en la Villa de la Virgen de Guadalupe, cuando ves la esperanza andando en los cuerpos iluminados y los ojos como barniz, en la sonrisa complacida de miles y miles que la frecuentan cada día; o, en grito del 15 de septiembre, tres veces elevado a la nonagésima potencia. Sí, habría que estar muerto para no sentir algo sino mucho, cuando en tu entorno ves y escuchas a una sola voz que el pueblo (niños, mujeres, hombres) exhala de su ser profundo: ¡Viva México, Viva México, Viva México!



La semana pasada describí una triste realidad. Es cierto que existe inseguridad, tanta que a veces se siente temor de salir y otras veces hasta dormirse por si entran a robar. Pero con todo y eso, por muy cierto que sea, no es México, esto también es verdad.


El hecho que haya desalmados, corruptos, criminales no es lo único que hay en esta gran Nación. En lo particular, así como cuestiono y señalo lo indeseable, con esa misma pasión la defiendo de quienes la acaban incluyendo a los nacidos aquí porque pareciera ser que no les importa sus entrañas terrenales ni su placenta cultural que da vigor al sentido de pertenencia.


A la Nación mexicana la he defendido y defiendo contra quienes la usufructúan desmedida y demencialmente como si fuera su patio particular o su hacienda con esclavos de inicios de 1900. Y, claro, también la enaltezco (pese a mi ignorancia) dada tanta diversidad que existe, diciéndole a aquellos que la conocen menos que no se equivoquen con las realidades; y es que, probablemente sin desearlo, vociferan epítetos injustos a partir de un marco de referencia limitado; o, incluso totalmente desconocido tratando de reducir la inmensidad mexicana sólo por un comentario escuchado. México es una Nación sorprendente, majestuosa que también tiene gente valiente, valiosa, íntegra y productiva. No todos son tranzas o ratas de dos patas como canta la insigne y popular mexicana Paquita la del Barrio.



No. No fue esa mi intención. No pretendí quitarle méritos a la voluntad de millones de personas que se despiertan con el deseo de dejar su alma en la construcción de mejores caminos y legados para ésta y las siguientes generaciones. Si bien existe aquello triste, ruin, feo con lo que se ensalzan gobernantes megalómanos, tan desalmados como los más criminales también hay millones quienes en sus casas educan a sus hijos, en sus trabajos ensalzan su profesión con el compromiso, en las calles defienden y propinan la dignidad humana en sus valores y principios.


De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la Encuesta Intercensal 2015, en la República de los Estados Unidos Mexicanos, se pudo contar con 119 millones 530 mil 753 habitantes. ¿Cuántos les gusta que sean entre criminales, ladrones, delincuentes, corruptos? Son 32 Estados, eso es que son 32 gobernadores y no todos son crueles, poco importa, vividores, oportunistas y otras hierbas aromáticas incluyendo a sus compadres y padrinos de poder. ¿Cuántos son los jefes de mafias o cárteles y cuántos viven de ello? ¿Serán entre todos los de esta calaña unos 100 mil? ¿Medio millón? ¿Dos millones o cinco, o diez? Pues le tengo una buena noticia, somos más los buenos, los mejores, los éticos, los que tenemos valores y principios. Más de 100 millones de personas puestas y apostadas a seguir trabajando por un México digno, grande, transformador (y no es “slogan” de campaña electoral) los que vamos hacia una ruta de triunfos.


Si a esto le agregamos que la industria lacracinia (palabra que inventé para referirme a las lacras como defecto o vició social) no es patrimonio de los mexicanos, pues también los hay en todas partes del mundo y en América Latina pululan como las luciérnagas en Nanacamilpa y Españita de Tlaxcala en tiempos de reproducción que salen miles y miles en los meses de junio, julio y agosto. Nada más que en las luciérnagas es un proceso natural iluminar para aparearse; y las lacras buscan el destello para aprovecharse. Así está esto. México no es el único país con tunantes o villanos.


De hecho, estoy seguro, sin ser ni biólogo ni antropólogo, que a este torbellino de personas les ha emergido más la parte negativa del ADN aportado por los conquistadores. Latinoamérica es el resultado de las conquistas y colonias sobre todo españolas, aunque también italianas, francesas y portuguesas. España fue invadida y colonizada por varias culturas como: celtas, íberos, romanos, visigodos, vándalos, árabes; a través del tiempo, éstos introdujeron sus costumbres en la Península Ibérica. Las prácticas aprendidas por los españoles las enclavaron en el Nuevo Mundo con la conquista y el coloniaje.


Durante la Conquista imperaba la monarquía como forma de poder, que siglos después desembocó en el sistema republicano como práctica democrática que permitió una conducta administrativa gubernamental apesadumbrada. Una parte por la genética y otra por los hábitos aprendidos que algunos españoles introdujeron a América Latina. Si bien no todos, sí hubo conquistadores y colonizadores piratas y corsarios que zarparon buscando no sólo enriquecerse sino oportunidades de vida en tierra firme.


Con los virreinatos hubo negociaciones y pactos de no guerras para poder gobernar. La corrupción fue un mecanismo de control para el logro de objetivos económicos, sociales y políticos particulares de los gobernantes en América Latina. Esto ha sido una constante desde entonces que se ha reflejado con mayor frecuencia durante las últimas cuatro décadas (periodo 1975-2015).


Con esta actitud se ha amalgamado una fusión ofensiva de los conceptos democracia, poder y corrupción como forma de vida de muchos gobernantes. Esto ha tenido mayor auge en los dieciséis años que van del siglo 21 al evidenciarse que no es lo mismo gobernar que ser oposición, sin importar la tendencia política.


De manera específica, México, aunque también en otros países latinoamericanos, no escapa a esta antropología casi sistémica, así la biología y sociología del mexicano es pintoresca. Donde está fundido el misticismo celta, el oportunismo romano, la filosofía visigoda, la violencia vikinga, la inventiva árabe, la piratería europea. Todo ello nos llegó con los españoles que habían sido conquistados por todas las anteriores culturas cuando fue tomada la Península Ibérica o Hispania desde antes de Cristo, y posteriormente durante siglos.


Pero esto no es de lamentar, pues somos los latinos éso y más, y los mexicanos forman parte de ese crisol de razas y pensamientos históricos. Estoy convencido que México es más que tequila, tacos, sombreros charros, mariachis y, por supuesto, más que delincuentes. Hay un esplendor mexicano nato, pese a todo, no es para menos defenderlo y gritar: ¡México Lindo y Querido!



Por José del Rosario Sánchez Franco (Consultor y asesor en Comunicación Política y Organizacional). Con información de El Sol de Puebla


Nota : La canción de México Lindo y Querido es autoría de Chucho Monge, compositor mexicano, autor de numerosos boleros, conocido internacionalmente.

©2016-paginasmexicanas®

jueves, 30 de junio de 2016

El valle de las “Siete Luminarias”

Cráter - Valle de las  “Siete Luminarias”

Hablando de “estrellas” me viene a la memoria otro increíble paraje de este planeta “encantado”: el valle de Santiago, en el centro de México. Allí, al recorrerlo, tuve la oportunidad de adentrarme en un nuevo enigma, íntimamente vinculado a las estrellas que dan forma a la llamada “Osa Mayor”. En realidad no debería hablar de un enigma, sino de varios... Pero arrancaré por el que me condujo hasta el citado valle, en el estado de Guanajuato. En una superficie de siete kilómetros cuadrados se alzan siete volcanes extinguidos. Antes de la llegada de los conquistadores la región recibía el nombre de “Camémbaro” que, justamente, viene a significar “País de las Siete Luminarias”, en recuerdo siempre según la tradición de las “antorchas” que manaban de los mencionados cráteres. Y con los españoles, “Camémbaro” fue sustituido por valle de Santiago, fundándose la ciudad del mismo nombre a poco más de 1.700 metros de altitud. Esto ocurría en mayo de 1607. Pues bien, por aquellas fechas, los misioneros y cronistas recibieron detalles en torno a algunos de los misteriosos sucesos que se registraban en el interior de los dormidos volcanes, cuyo magma había sido reemplazado por lagos de aguas profundas y turquesas. En uno de ellos conocido hoy como “La Alberca” habitaba un monstruo que recibía el nombre de “Chan”. En el de “Yuriría”, la laguna cambiaba de color poco antes de los terremotos...

Pero fue en nuestro siglo cuando, al sobrevolar y fotografiar las “Siete Luminarias”, las tomas aéreas pusieron de manifiesto “algo” sorprendente: los siete volcanes principales del valle de Santiago se hallaban distribuidos “a imagen y semejanza” de la famosa constelación del “Cano” u “Osa Mayor”. Y en honor a la verdad, cuando uno examina estas fotografías tiene que reconocer que la coincidencia, cuando menos, es desconcertante. Los siete círculos coinciden casi a la perfección con las siete estrellas fundamentales de la referida constelación. Por supuesto, para una mente medianamente racional, este hecho sólo puede ser considerado como una “simple y curiosa casualidad” o como un “capricho de la naturaleza”. Y puede que esté en lo cierto. O puede que no... Porque hay algo mas. Algo que contribuye a complicar el misterio. Me fue comunicado por la investigadora Guadalupe Rivera de Iturbide. Alertada por estas imágenes y por los estudios del ilustre pensador mexicano Ignacio Ramírez en el siglo pasado, la directora del Instituto de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana puso en marcha un ambicioso proyecto, consistente en el levantamiento topográfico de la totalidad del país. Partiendo de la base de que numerosas ciudades del viejo continente en especial las griegas habían sido diseñadas de acuerdo con los mapas zodiacales, fue inspeccionando los asentamientos del territorio mexicano, verificando con asombro cómo cada uno de los poblamientos se correspondía con una determinada constelación. Y según la doctora Rivera, el valle de las “Siete Luminarias” constituía el centro geográfico matemático de la “gran espiral” que cubre todo México. Y sus hallazgos fueron más allá de lo imaginable. Porque, al estudiar y relacionar el antiguo calendario azteca con este asunto, Guadalupe Rivera llegó a la conclusión de que cada 1.040 años, la “Osa Mayor” termina situándose en la vertical de los mencionados siete volcanes. ¿Otra casualidad?. 

Pero, como insinuaba anteriormente, en este paradisíaco lugar se dan otros fenómenos, a cual más extraño. Olvidaré temporalmente la historia de “Chan” y centraré mi atención en el cráter “Yuriría”.


Cuando lo inspeccioné, el nivel de la laguna que lo llena desde tiempo inmemorial había descendido notablemente. Y los nativos se mostraban preocupados. Porque las aguas de esta caldera según la tradición y las más modernas observaciones disfrutan de una singular virtud: cambian de color antes de los terremotos. Desde hace años, atraídos por semejante circunstancia, numerosos investigadores en especial biólogos y vulcanólogos han ido desfilando por las orillas de este lago interior, a la búsqueda de una explicación. Y, en efecto, algunos han sido testigos de excepción del súbito y siempre alarmante proceso. De pronto, las verdes y apacibles aguas adquieren una coloración rojiza. Y en cuestión de días o semanas, bien en México o en cualquier otro punto del planeta, se registra un movimiento telúrico. Así ocurrió en Julio de 1985. Los habitantes del valle de Santiago descubrieron con horror cómo el “Yuriría” había modificado el color de sus aguas, ofreciendo una amenazante tonalidad sanguinolenta y un intenso y pestilente olor. Aquélla era la “señal”. Mes y medio después, el 19 de septiembre, la ciudad de México era azotada por un violento seísmo. Y otro tanto aconteció en 1989. En septiembre, el lago amaneció teñido de rojo sangre. Días más tarde, en octubre, sendos movimientos sísmicos asolaban China y California. El cráter, una vez más, lo había advertido.


Y aunque es ahora, merced a la moderna tecnología, cuando se ha empezado a tomar en consideración el insólito “proceder” del “Yuriría”, la verdad es que las noticias sobre tan extraña “virtud” se pierden en la noche de los tiempos. Naturalmente, como sucede con harta frecuencia, siempre fueron tomadas como “fantasías del populacho” o “supersticiones propias de pueblos incultos y atrasados”. Y la ciencia ha tenido que doblegarse ante la abrumadora realidad, reconociendo, en definitiva, que las viejas leyendas y tradiciones no eran sólo fruto de la imaginación popular. El propio nombre del antiquísimo asentamiento humano existente junto al volcán ”Yuririapúndaro” nos habla ya del conocimiento de estos hechos por parte de los pobladores originarios. Porque “Yuririapúndaro” significa “lago de sangre”.


¿Y qué opinan los científicos sobre tan asombroso enigma?



Hoy por hoy se muestran cautelosos. Los análisis de las muestras extraídas en pleno “cambio” de tonalidad han arrojado una importante pero todavía insuficiente “pista”: el “rojo sangre” de las aguas se debe fundamentalmente a la presencia en la superficie del lago de un microorganismo protozoario flagelado de color rojizo. No cabe duda, por tanto, que la modificación de la tonalidad natural del lago obedece a la irrupción, posiblemente desde el fondo, de esta suerte de microorganismos. Pero, ¿qué es lo que provoca el repentino desplazamiento de estas colonias de seres vivos? ¿Quizá una serie de ondas subterráneas desconocidas aún para la Ciencia que precede a los terremotos propiamente dichos? ¿Y por qué en las aguas del “Yuriría” y no en las de los volcanes próximos? Podríamos aceptar que, en el caso de los seísmos de la ciudad de México o California, la proximidad de dichos lugares pudiera provocar un fenómeno previo de distorsión en las profundidades del referido cráter. Pero ¿y en el caso de China?.

Los frutos del Paraíso


Y para cerrar estos breves apuntes en torno al enigmático valle de las “Siete Luminarias” quizá debería hacer mención del no menos misterioso cerro de Culiacán, que se alza a una decena de kilómetros de los cráteres. Allí, según la leyenda, existe una “mágica ciudad subterránea”. Pero pospondré mis investigaciones en las faldas y cima de este coloso para una mejor ocasión y en beneficio de otro enigma que, de no haberlo visto con mis propios ojos, difícilmente lo hubiera aceptado. Porque, ¿quién puede imaginar una col de cuarenta y tres kilos? ¿Cómo aceptar que la tierra pueda ofrecer matas de apio de un metro de altura, cañas de maíz de cuatro, hojas de acelga de 1,85 metros o que, de una sola semilla de cebolla, nazcan hasta doce ejemplares, con un peso total de quince kilos?


Sé que puede parecer una fantasía, muy propia de libros y películas de ciencia-ficción. A las imágenes me remito. Ellas hablan por sí solas.


Todo empezó en los años setenta y justa y misteriosamente en los dominios del valle de Santiago. Varios campesinos y vecinos del lugar entre los que destacan José Carmen García Hernández y Óscar Arredondo Ramírez sorprendieron a propios y extraños con unos frutos gigantescos, como jamás se había visto en la historia de México y, si me apuran, del resto del mundo.

Como es natural, la noticia voló, conmocionando a las autoridades y estamentos oficiales. Y una legión de expertos se personó en los terruños, verificando la realidad de semejante “revolución agrícola”. Pero, desconfiados, sometieron a los “artífices” de las gigantescas cosechas a una prueba de fuego. Y en 1977, en un campo experimental próximo a Tampico (Tamaulipas), ingenieros agrícolas del gobierno y los campesinos de Santiago se enfrentaron en un curioso reto. Los unos sembraron las hortalizas siguiendo los métodos tradicionales. Los otros pared con pared, según su secreto saber y entender. El resultado fue espectacular. Mientras los ingenieros obtenían una producción media por hectárea de ocho toneladas, el “campo” de los “revolucionarios” superaba las cien... Y la “mágica fórmula” según los depositarios del preciado tesoro era extensible a todo tipo de productos: cereales, flores, tubérculos, etc. Y lo demostraron. Las formidables “cosechas” comenzaron a invadir los mercados de la región. Y durante un tiempo, los hogares de los santiaguinos se vieron beneficiados por este “regalo de los cielos”. Baste decir que, por ejemplo, con dos monumentales hojas de acelga podía alimentarse toda una familia. Y algo similar ocurría con las patatas, maíz, cebollas, coles y demás verduras.



La esperanzadora noticia, sin embargo, no agradó a las multinacionales. Tal y como habían demostrado los impulsores de este sensacional hallazgo, la siembra y los cuidados de los productos sometidos a la “secreta fórmula” no requerían de fertilizantes ni pesticidas. El proceso se desarrollaba de forma natural, sobre cualquier tipo de suelo y bajo unas condiciones climáticas y de riego enteramente normales. Y surgieron las amenazas y presiones. Y los campesinos se vieron obligados a abandonar sus experimentos y sus tierras. Uno de ellos, incluso, terminaría en prisión. Y la “gran revolución agrícola” fue abortada.


Las multinacionales, sin embargo, no consiguieron arrancarles el “secreto” de tan prodigioso sistema. Un “secreto” que ha sido transmitido a un escogido grupo de amigos incondicionales de los “revolucionarios” mexicanos. Un “secreto” que guarda una íntima relación con el noble arte de la astrología y que según mis confidentes ”fue legado a estos habitantes del enigmático valle de las Siete Luminarias” por seres “no humanos”.


Sé que estas aseveraciones pueden hacer sonreír malévolamente a los incrédulos y escépticos. Están en su derecho. Pero ¿pueden ellos de la mano de la ciencia oficial obrar un “milagro” semejante?.

Y puede que llegue el día cuando los valores espirituales del hombre hayan madurado en que ese “secreto” se abra de nuevo al mundo, en beneficio de todos.

Por  J.J.Benítez

©2016-paginasmexicanas®

martes, 21 de junio de 2016

Chiqueos, apapachos y otras alevosías y herejías lingüísticas

El apapacho reviste la forma de la exquisita cortesía mexicana.

Son numerosos los vocablos insulares que se refieren al afecto y al cariño

Las lenguas asumen los rasgos de los pueblos que las hablan. ¿O será al revés? La contundencia del germano se expresa en el alemán. La delicadeza de los galos, en el francés. La ejecutividad angloamericana, en la eficiencia del inglés; la musicalidad de los ítalos, en el italiano... Y así muchos más.
La tierna reciedumbre de los íberos, en especial los celtíberos originarios —gallegos y asturianos— se expande por la meseta castellana, se funde con el susurro del árabe, y forma el español, que se opone a la cantarina palatalidad comercial —como desgranamiento de monedas— de los fenicios carpetovetónicos devenidos catalanes. Los vascos se cuecen aparte, como sus chuletones. Lo último que se dice de ellos es que son de otro planeta: lo creo.
Así el habla española, en Cuba, “tierra de morriñas” como la llamó Castelao, en recordanza de “miña terra” y la queja de “Asturias, patria querida...” adopta, con su innata propensión al diminutivo cariñoso, fundidos con las olas caribeñas y la brisa tropical, singulares hallazgos de querencias.
Son numerosos los vocablos insulares que se refieren al afecto y al cariño, pero hay dos que solo tienen equivalente cercano en el habla mexicana: el “quero” y el “chiqueo”, que se hombrean con el “apapacho” azteca.
Una etimología tropelosa quizá quisiera derivar “chiqueo” de “chiquero”, lugar donde los chanchos reciben interesada atención previa a su inmolación orgiástica, pero yo prefiero declinarlo de “chiquito”, pues es el modo de tratarlo a uno como niño o “fiñe”; “chamaco” dirían en México, donde “chamaquear” es aprovecharse de la ingenuidad del otro: “Te chamaquearon”. En cubano, más descarnadamente: “Te jodieron”. Y “quero” es apócope imperfecto de “quiero” y recuerda la frase maternal, de “darte un quero”, por “un abrazo”. Seguramente muchos cubanos —y cubanas— en momentos de especial sensibilidad y necesidad urgente de ternura, han implorado perentoriamente a su pareja: “Dame un quero, bien fuerte”. En México se insinúa cortésmente: “¿Me apapachas un poquito?”.
Pero el apapacho es más profundo y complejo, pues reviste la forma de la exquisita cortesía mexicana (“cortés como un indio mexicano”, se decía en España desde el siglo XVI, aunque también —si los provocan— pueden ser personajes de grandes y terribles furores). La “cortesía” mexicana es toda una categoría estética y ontológica, que difiere de la afectada “courtoisie” francesa, de la noble, hidalga y algo brusca e ingenua liberalidad española, y por supuesto mucho más por encima de la gélida “calmness” inglesa. Es el ofrecimiento en su estado más puro, que invita pero no obliga. “¿Quieres repetir?”, pregunta UNA vez en México el estupendo anfitrión cuando uno toma el primer plato, y se espera que el invitado se sienta tan en SU casa que acepte desde la primera vez, pues insistir sería de mala cortesía. Golpe cultural del cubano recién llegado, ajeno a los modos, usos y costumbres, pues en Cuba siempre se espera que te lo repitan al menos DOS veces, para luego aceptar: aprendí la lección muy rápido, goloso como soy.
El apapacho mexicano reviste especial dulzura y compasiva ternura con el “borrachito”. Cuba, formada en la severa tradición castellana donde “lo único peor que un hombre borracho es una mujer borracha”, como decretaba sin apelación mi abuela gallega, desprecia al beodo, lo menosprecia, lo rechaza. En cambio, en México, donde la libación es arte compartido, rito celebratorio proveniente del mágico pulque, el infeliz trasnochado herido de muerte por el Rey de Copas, recibe abrigo y abrazo, lo arropan, “lo apapachan”: “No le hablen alto, que está ‘crudo’ (cocinado, diría yo), no lo molesten, tráiganle un caldito de gallina, una pancita, un taquito de barbacoa...”.
En España —y por tanto, Cuba— el borracho es blanco del desprecio y el rechazo, sujeto al desdén más absoluto y terminante: en México, es objeto de la caridad pública, de la comprensión, el recipiendario por excelencia del “apapacho” protector y cómplice, que atiende hoy para ser atendido mañana, pues parten de la sensata convicción que TODOS pasaremos por semejante duro trance en algún momento no muy lejano. Para los casos de urgencia extrema de ternura, se reserva la pronunciación especial del vocablo: “apapasssssho”, así, con una acariciadora “s” sibilante.
No hay traducción exacta posible para estos términos (quero y apapacho): porque son algo más que afecto, cariño, amor, atención... Se refieren a una zona aún más entrañable e íntima que la expresión material de la atención delicada. Es algo más, indefinible e intraducible, que implica cierta tácita complicidad de ambas partes: dejarse apapachar (mi deporte favorito). Con cierta “delicadeza”, que es origen de “delicatessen”. No es casual que lo último que escribió José Martí, reveladoramente dirigido a un mexicano, su gran amigo Manuel Mercado, empieza por reconocerle noblemente y recordarlo “con ternura y agradecimiento” y “a esa casa que es mía” (“mi casa es su casa”, seguro le dijo Mercado), y culmina con la frase inconclusa “hay afectos de tan delicada honestidad” (el subrayado es mío), el día antes de morir absurdamente en un tiroteo que no llega a escaramuza, apenas a combate y menos a batalla. Sin embargo, ya en el umbral de la eternidad, en la psiquis martiana lo mexicano está asociado con lo delicado, sin duda.
He creado un vocablo —neonahuatlismo sería— para señalar en mi casa la zona donde se juntan las condiciones perfectas para más que “atender” a los amigos y familiares, “apapacharlos”, y por eso la llamé APAPACHITLÁN, es decir, el locus amoenus del apapacho, el sitio de los querendones, el espacio perfecto para el mimo y el goce de la amistad y del privilegio de la vida: con una vista imponentemente bella, frente al Océano Pacífico, a 90 metros de altura sobre él, teniendo a un lado el amanecer desde Puerto Marqués y al otro el atardecer en Pie de la Cuesta, con la brisa poderosa del mar que invita siempre a la introspección. El mérito de semejante escenografía corresponde a Dios.
José María Heredia se exaltaba frente al espectáculo del agua en cualquiera de sus manifestaciones, ya fuera precipitándose tropelosa en la “Oda al Niágara”, ante la inabarcable inmensidad del mar en “Al Océano”, o la cristalizada en nieve, en el Nevado de Toluca. Desde ese Belvedere acapulqueño siempre musito como oración que me “religa” con lo divino, en un rito especial de homenaje particular al desdichado José María su “Himno del desterrado”: “Reina el sol, y las olas serenas / corta en torno la proa triunfante / y hondo rastro de espuma brillante, / va dejando la nave en el mar...”.
Ese promontorio desde donde divago, era el primer trozo de tierra firme que avistaban las tripulaciones del Galeón de Manila —mal llamado “La Nao de China”— después de un tornaviaje de ocho meses, ansiosos ya de pisar la arena y beber agua fresca: así pues, es un sitio marcado para el apapacho mundial de navegantes y peregrinos.
Hace muchos años un viejo amigo viejo —entonces no tanto— al sorprenderme “cabiztivo y pensibajo” sentado en el Malecón habanero frente a su casa —él disfrutaba allí entonces privilegiado penthouse— bajó a saludarme (a “apapacharme” sin saberlo yo aún) en una noche “oscura y ventosa”, me preguntó la razón de mi tristeza y además inquirió de qué era culpable. “Soy inocente”, le dije ingenuamente y él, quizá en lo más sabio que ha dicho en toda su sabia vida —y ha dicho mucho— me contestó: “Nadie es inocente frente al mar...”.
Hoy en mi “Apapachitlán” acapulqueño, recibiendo el salitre del poderoso Océano Pacífico, frente a donde van a saltar las ballenas cada año en su rito de apareamiento, hay una placa de talavera poblana, donde se lee ese verso —sin dudas es mucho más que una frase— con el nombre del amigo, para perpetua memoria de un filósofo sabio, poemínimo dicho en una noche habanera, “many moons ago”, frente al Estrecho de La Florida a un joven herido —y culpable— de amores...
Tlalpan, 14 de junio de 2016.
Por Alejandro González Acosta
Con información de Cuba Encuentro
©2016-paginasmexicanas®

jueves, 19 de mayo de 2016

Sandino en Tamaulipas- Por Raúl Sinencio Chávez


18 de mayo de 1895-21 de febrero de 1934




Prominente sitio ocupa Augusto César Sandino entre los héroes de Nicaragua. Alcanza incluso amplia proyección en América Latina. Casi desapercibido pasa empero que al encumbramiento del personaje sirve de antesala Tamaulipas.

Destrezas

Hacia mayo de 1923 Sandino remonta la bocana del río Pánuco y desembarca en parajes tamaulipecos. A los 28 años de edad, pisa tierras de México por vez primera. El arribo entona con la época. A numerosísimos inmigrantes de origen variopinto aloja en aquellas fechas el sureste extremo de la entidad.

Median sólidos motivos. Porque la zona concentra también gran cantidad de firmas extranjeras, atraídas por el oro negro. Prepotentes, saqueadores, los inversionistas del ramo lo exportan a través de Tampico, puerto marítimo. El año previo la actividad extractiva acusa retrocesos y miles de obreros terminan despedidos. Sin embargo, las oportunidades laborales continúan para la mano de obra especializada.

Al joven Sandino esto lo anima. Posee experiencia, aparte de estudios. Tras enfrentarse a despótico ricachón, en 1921 abandona el terruño. Las circunstancias lo conducen a desempeñarse en un ingenio azucarero de Honduras. Presta luego servicios de mecánico a la United Fruit en Guatemala. Instruido y con destrezas fabriles, llegado a la Babel de Tamaulipas lo contrata la South Pennsylvania Oil Company.

Enseñanza

A contrapelo del bajo perfil que desea conservar, nada inadvertido pasa en la comunidad anfitriona. Operario de la empresa Waters-Pierce, Félix Chávez Olivares recuerda: Sandino tenía fama de tacaño. Abstemio, carente de familia, subsiste con extrema modestia. Pese al clima húmedo y caluroso del trópico, calza en forma cotidiana las botas de trabajo, que suben hasta la rodilla. Ahorra cuanto puede, a la espera de regresar con los suyos y atender compromisos emancipadores, según Chávez Olivares.

Ácrata del grupo Hermanos Rojos, afirma Gonzalo Ruiz Carrillo que el istmeño vive en frágil cuartería de madera al fondo de la hoy calle Emilio Carranza de Ciudad Madero, cerca del Pánuco. El sindicalista Eucelio Serna Hernández señala que en Mata Redonda, frente a la ribera tampiqueña, Augusto César es fogonero de la Huasteca Petroleum Company. En agosto de 1925 el consorcio del Tío Sam lo traslada a Cerro Azul, Veracruz.

El área reporta mientras importantes huelgas. La de electricistas triunfa en 1923; obtienen lo propio al siguiente año los petroleros de El Águila. En ambos casos se trata de patrones ingleses. Si bien fracasa el paro de 1925 en la Huasteca Petroleum Company, logra cimbrarla a fondo. Sandino evita cualquier liderazgo. No obstante, visualiza como posible imponer serios reveses a las potencias hegemónicas. Decisiva resulta tal enseñanza.

Libres

Vía trasatlántica, desde muelles tamaulipecos sale el 15 de mayo de 1926 rumbo a Nicaragua, que padece la invasión de EUA. Ante ello, da vida al Ejército Defensor de la Soberanía, con arraigo en Las Segovias. Escasamente pertrechadas, sus fuerzas propinan tremendos golpes al enemigo.

Arrebatándolas en fieros combates, los patriotas acumulan insignias estadounidenses. “Una de estas banderas ha sido enviada a México y la tengo aquí para quien quiera verla”, anuncia el legislador de izquierda Hernán Laborde en la Cámara de Diputados el 26 de noviembre de 1928. Lo agreden representantes del oficialismo, lambiscones de la Casa Blanca.

El prócer vuelve a nuestro país en 1929, por el ofrecimiento de apoyo que le hiciera el presidente Emilio Portes Gil. Incumplidas dichas promesas, Augusto César retoma su lucha meses adelante. Humilladas, en 1933 las tropas gringas abandonan suelo nicaragüense. Antes forman la tenebrosa Guardia Nacional, dirigida por el dictador Anastasio Somoza García, que ordena el asesinato de Sandino en 1934. Henri Barbusse llamaría al exvecino de Tamaulipas “General de hombres libres”.

Por Raúl Sinencio Chávez
Publicado originalmente en La Razón, Tampico, Tamps

©2016-paginasmexicanas®

lunes, 16 de mayo de 2016

Conquitadores: avaricia, saqueo y genocidio por la corona y la cruz

Moctezuma apresado por Hernán Cortés, Museo del Prado


América era el vasto imperio del Diablo, de redención imposible o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los nativos se confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de las conquistas, el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo, Bernal Díaz del Castillo, fiel compañero de Hernán Cortés en la conquista de México, escribe que han llegado a América «por servir a Dios y a Su Majestad y también por haber riquezas».

Una sola bolsa de pimienta valía, en el medioevo, más que la vida de un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento empleaba para abrir las puertas del paraíso en el cielo y las puertas del mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los españoles y los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas. El poder europeo se extendía para abrazar el mundo. Las tierras vírgenes, densas de selvas y de peligros, encendían la codicia de los capitanes, los hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista de los espectaculares botines de guerra: creían en la gloria, «el sol de los muertos», y en la audacia. «A los osados ayuda tortura», decía Cortés. El propio Cortés había hipotecado todos sus bienes personales para equipar la expedición a México. Salvo contadas excepciones como fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras no eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o por los mercaderes y banqueros que los financiaban.

Había, sí, oro y plata en grandes cantidades, acumulados en la meseta de México y en el altiplano andino. Hernán Cortés reveló para España, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de Moctezuma, y quince años después llegó a Sevilla el gigantesco rescate, un aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro hizo pagar al inca Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con el oro arrancado de las Antillas había pagado la Corona de servicios de los marinos que habían acompañado a Colón en su primer viaje.

Finalmente, la población de las islas del Caribe dejó de pagar tributos, porque desapareció: los indígenas fueron completamente exterminados en los lavaderos de oro, en la terrible tarea de revolver las arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o roturando los campos hasta más allá de la extenuación, con la espada doblada sobre los pesados instrumentos de labranza traídos desde España. Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: muchos de ellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias [1].

Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el vidrio ni la pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió sobre estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión creadora del Renacimiento: América aparecía como una invención más, incorporada junto con la pólvora, la imprenta, el papel y la brújula al bullente nacimiento de la Edad Moderna. El desnivel de desarrollo de ambos mundos explica en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron las civilizaciones nativas. Hernán Cortés desembarcó en Veracruz acompañado por no más de cien marineros y 508 soldados, traía 15 caballos, 32 ballestas, diez cañones de bronce y algunos arcabuces, mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital de los aztecas, Tenochtitlán, era por entonces cinco veces mayor que Madrid y duplicaba la población de Sevilla, la mayor de las ciudades españolas, Francisco Pizarro entró en Cajamarca con 180 soldados y 37 caballos.

Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro. El emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras noticias: un cerro grande andaba moviéndose por el mar. Otros mensajeros llegaron después: «... mucho espanto les causó el oír cómo estalla el cañón, cómo retumba el estrépito, y cómo se desmaya uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego... ». Moctezuma creyó que era el dios Quetzalcóatl quien volvía. Ocho presagios habían anunciado, poco antes su retorno. Los cazadores le habían traído un ave que tenía en la cabeza una diadema redonda con la forma de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el sol hacia el poniente. En ese espejo Moctezuma vio marchar sobre México los escuadrones de los guerreros. El dios Quetzalcóalt había venido por el este y por el este se había ido: era blanco y barbudo. También blanco y barbudo era Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y al oriente era la cuna de los antepasados heroicos de los mayas.

Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas con sus pueblos traían armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones que devolvían los dardos y las piedras; sus armas despedían rayos mortíferos y oscurecían la atmósfera con humos irrespirables. Los conquistadores practicaban también, con habilidad política, la técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar, por ejemplo, el rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los aztecas y las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los tlaxcaltecas fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la guerra entre los herederos del imperio incaico, Huáscar y Atahualpa, los hermanos enemigos. Los conquistadores ganaron cómplices entre las castas dominantes intermedias, sacerdotes, funcionarios, militares, una vez abatidas por el crimen, las jefaturas indígenas más altas.

Pero además usaron otras armas o, si se prefiere, otros factores trabajaron objetivamente por la victoria de los invasores. Los caballos y las bacterias, por ejemplo.

Los caballos habían sido, como los camellos, originarios de América, pero se habían extinguido en estas tierras. Introducidas en Europa por los jinetes árabes, habían prestado en el Viejo Mundo una inmensa utilidad militar y económica.

Cuando reaparecieron en América a través de la conquista, contribuyeron a dar fuerzas mágicas a los invasores ante los ojos atónitos de los indígenas. Según una versión, cuando el inca Atahualpa vio llegar a los primeros soldados españoles, montados en briosos caballos ornamentados con cascabeles y penachos, que corrían desencadenando truenos y polvaredas con sus cascos veloces, se cayó de espaldas. El cacique Tecum, al frente de los herederos de los mayas, descabezó con su lanza el caballo de Pedro de Alvarado, convencido de que formaba parte del conquistador: Alvarado se levantó y lo mató. Contados caballos, cubiertos con arreos de guerra, dispersaban las masas indígenas y sembraban el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron entre la fantasía vernácula», durante el proceso colonizador, «que los caballos eran de origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón de España, montaba en un potro blanco, que había ganado valiosas batallas contra los moros y judíos, con ayuda de la Divina providencia».

Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La viruela fue la primera en aparecer. ¿No sería un castigo sobrenatural aquella epidemia desconocida y repugnante que encendía la fiebre y descomponía las carnes?
Ya se fueron a meter en Tlaxcala. Entonces se difundió la epidemia: tos, granos ardientes, que queman, dice un testimonio indígena, y otro: “A muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos”. Los indios morían como moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima que más de la mitad de la población aborigen de América, Australia y las islas oceánicas murió contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos.

«Como unos puercos hambrientos ansían el oro»


A tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de peste avanzaban los implacables y escasos conquistadores de América. Lo cuentan las voces de los vencidos. Después de la matanza de Cholula, Moctezuma envía nuevos emisarios al encuentro de Hernán Cortés, quien avanza rumbo al valle de México.

Los enviados regalan a los españoles collares de oro y banderas de plumas de quetzal. Los españoles estaban deleitándose.

Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón.

Como que cierto que es que eso que anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro, dice el texto náhuatl preservado preservado en el Código Florentino. Más adelante, cuando Cortés llega a Tenochtitlán, la espléndida capital azteca, los españoles entran en la casa del tesoro, «y luego hicieron una gran bola de oro, y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo los que restaba, por valioso que fuera: con lo cual todo ardió. Y en cuanto al oro, los españoles lo redujeron a barras...».

Hubo guerra, y finalmente Cortés, que había perdido Tenochtitlán, lo reconquistó en 1521. «ya no teníamos escudos, ya no teníamos macanas, y nada teníamos que comer, ya nada comimos». La ciudad, devastada, incendiada, y cubierta de cadáveres, cayó. « toda la noche llovió sobre nosotros».

La horca y el tormento no fueron suficientes: los tesoros arrebatados no colmaban nunca las exigencias de la imaginación, y durante largos años excavaron los españoles el fondo del lago de México en busca de oro y los objetos preciosos presuntamente escondidos por los indios. 

Antes de la batalla decisiva, y «vístose los indios atormentados más, que allí les tenían mucho oro, plata. Diamantes y esmeraldas que les tenían los capitanes Nehaib Ixquin, Nehaib hecho águila y león. Y luego se dieron a los españoles y se quedaron con ellos...».

Antes de que Francisco Pizarro degollara al inca Atahualpa, le arrancó un rescate en «andas de oro y plata que pesaba más de veinte mil marcos de plata, fina, un millón y trescientos veintiséis mil escudos de oro finísimo...». después se lanzó sobre el Cuzco. Sus soldados creían que estaban entrando en la ciudad de los Césares, tan deslumbrante era la capital del imperio incaico, pero no demoraron en salir del estupor y se pusieron a saquear el Templo del Sol: «Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la parte del león, los soldados, con otra de malla, pisoteaban joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un formato más fácil y manuable... Arrojaban al crisol, para convertir el metal en barras, todo el tesoro del templo: las plantas habían cubierto los muros, los asombrosos árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín».

Hoy día, en el Zócalo, la inmensa plaza desnuda del centro de la capital de México, la catedral católica se alza sobre las ruinas del templo más importante de Tenochtitlán, y el palacio de gobierno está emplazado sobre la residencia de Cuauhtémoc, el jefe azteca ahorcado por Cortés. Tenochtitlán fue arrasada. El Cuzco corrió, en el Perú, suerte semejante, pero los conquistadores no pudieron abatir del todo sus muros gigantescos y hoy puede verse, la piedra de los edificios coloniales, el testimonio de piedra de la colosal arquitectura incaica.

Los indios de la América sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a solo tres millones y medio. Según el marqués de Barinas, entre Lima y Paita, donde habían vivido más de dos millones de indios, no quedaban más que cuatro mil familias indígenas en 1685. 

El arzobispo Liñana y Cisneros negaba el aniquilamiento de los indios: «Es que se ocultan –decía- para no pagar tributos, abusando de la libertad de que gozan y que no tenían en la época de los incas». Manaba sin cesar el metal de las vetas americanas, y de la corte española llegaban, también sin cesar, ordenanzas que otorgaban una protección de papel y una dignidad de tinta a los indígenas, cuyo trabajo extenuante sustentaba al reino. La ficción de la legalidad amparaba al indio; la explotación de la realidad amparaba al indio; la explotación de la realidad lo desangraba. De la esclavitud a la encomienda de servicios, y de esta a la encomienda de tributos y al régimen de salarios, las variantes en la condición jurídica de la mano de obra indígena no alteraron más que superficialmente su situación real, la Corona consideraba tan necesaria la explotación humana de la fuerza de trabajo aborigen, que en 1601 Felipe III dictó reglas prohibiendo el trabajo forzoso en las minas, y simultáneamente, envió otras instrucciones secretas ordenando continuarlo « en caso de que aquella medida hiciese flaquear la producción ». 

Del mismo modo, entre 1616 y 1619 el visitador y gobernador Juan de Solórzano hizo una investigación sobre las condiciones de trabajo en las minas de mercurio de Huancavelica: «...el veneno penetraba en la pura médula, debilitando los miembros todos y provocando un temblor constante, muriendo los obreros, por lo general, en el espacio de cuatro años », informó al Consejo de Indias y al monarca. Pero en 1631 Felipe IV ordenó que se continuara allí con el mismo sistema, y su sucesor, Carlos II, renovó tiempo después el decreto. Estas minas de mercurio eran directamente explotadas por la Corona, a diferencia de las minas de plata, que estaban en manos de empresarios privados.
La América de Voltaire, habitada por indios perezosos y estúpidos, tenía cerdos con el ombligo a la espalda y leones calvos y cobardes. Bacon, De Maistre, Montesquieu, Hume y Bodin se negaron a reconocer como semejantes a los «hombres degradados» del Nuevo Mundo. Hegel habló de la impotencia física y espiritual de América y dijo que los indígenas habían perecido al soplo de Europa.

El padre Bartolomé de las Casas agitaba la corte española con sus denuncias contra la crueldad de los conquistadores de América: en 1557, un miembro del real consejo le respondió que los indios estaban demasiado bajos en la escala de la humanidad para ser capaces de recibir la fe.

Las Casas dedicó su fervorosa vida a la defensa de los indios frente a los desmanes de los mineros y los encomenderos. Decía que los indios preferían ir al infierno para no encontrarse con cristianos.

A los conquistadores y colonizadores se les «encomendaban» indígenas para que los catequizaran. Pero como los indios debían al « encomendero » servicios personales y tributos económicos, no era mucho el tiempo que quedaba para introducirlos en el cristiano sendero de la salvación. En recompensa a sus servicios, Hernán Cortés había recibido veintitrés mil vasallos; se repartían los indios al mismo tiempo que se otorgaban las tierras mediante mercedes reales o se las obtenía por el despojo directo.

La conquista rompió las bases de aquellas civilizaciones. Peores consecuencias que la sangre y el fuego de la guerra tuvo la implantación de una economía minera. Las minas exigían grandes desplazamientos de población y desarticulaban las unidades agrícolas comunitarias; no solo extinguían vidas innumerables a través del trabajo forzado, sino que además, indirectamente, abatían el sistema colectivo de cultivos. Los indios eran conducidos a los socavones, sometidos a la servidumbre de los encomenderos y obligados a entregar por nada las tierras que obligatoriamente dejaban o descuidaban.

En la costa del Pacífico los españoles destruyeron o dejaron extinguir los enormes cultivos de maíz, yuca, frijoles, pallares, maní, papa dulce; el desierto devoró rápidamente grandes extensiones de tierra que habían recibido vida de la red incaica de irrigación. Cuatro siglos y medio después de la conquista solo quedaban rocas y matorrales en el lugar de la mayoría de los caminos que unían el imperio. Aunque las gigantescas obras públicas de los incas fueron, en su mayor parte, brotadas por el tiempo o por la mano de los usurpadores, restan aún, dibujadas en la cordillera de los Andes, las interminables terrazas que permitían y todavía permiten cultivar las laderas de las montañas.

Un técnico norteamericano [2], estimaba, en 1936, que si en ese año se hubieran construido, con métodos modernos, esas terrazas, hubieran costado unos treinta mil dólares por acre. Las terrazas y los acueductos de irrigación fueron posibles, en aquel imperio que no conocía la rueda, el caballo ni el hierro, merced a la prodigiosa organización y a la perfección técnica lograda a través de una sabia división del trabajo, pero también gracias a la fuerza religiosa que regía la relación del hombre con la tierra – que era sagrada y estaba, por lo tanto, siempre viva.

También habían sido asombrosas las respuestas aztecas al desafío de la naturaleza. En nuestros días, los turistas conocen por «jardines flotantes» las pocas islas sobrevivientes en el lago desecado donde ahora se levanta, sobre las ruinas indígenas, la capital de México. Estas islas habían sido creadas por los aztecas para dar respuesta al problema de la falta de tierras en el lugar elegido para la creación de Tenochtitlán. Los indios habían trasladado grandes masas de barro desde las orillas y habían apresado las nuevas islas de limo entre delgadas paredes de cañas, hasta que las raíces de los árboles les dieron firmeza. Por entre los nuevos espacios de tierra se deslizaban los canales de agua. Sobre estas islas inusitadamente fértiles creció la poderosa capital de los aztecas, con sus amplias avenida, sus palacios de austera belleza y sus pirámides escalonadas: brotada mágicamente de la laguna, estaba condenada a desaparecer ante los embates de la conquista extranjera. 

Cuatro siglos demoraría México para alcanzar una población tan numerosa como la que existía en aquellos tiempos. Los indígenas eran, como dice Darcy Ribeiro, el combustible del sistema productivo colonial. «Es casi seguro – escribe Sergio Bagú- que a las minas hispanas fueron arrojados centenares de indios escultores, arquitectos, ingenieros y astrónomos confundidos entre la multitud esclava, para realizar un burdo y agotador trabajo de extracción. Para la economía colonial, la habilidad técnica de esos individuos no interesaba. Solo contaban ellos como trabajadores no calificados» o no se perdieron todas las esquirlas de aquellas culturas rotas.

Otros héroes que el tiempo se ocupó de rescatar de la derrota fueron los mexicanos Hidalgo y Morelos. Miguel Hidalgo, que había sido hasta los cincuenta años un apacible cura rural, un buen día echó a vuelo las campanas de la iglesia de Dolores llamando a los indios, a luchar por su liberación:

« ¿Queréis empeñaros en el esfuerzo de recuperar, de los odiados españoles, las tierras robadas a vuestros antepasados hace trescientos años? ». Levantó el estandarte de la virgen india de Guadalupe, y antes de seis semanas ochenta mil hombres lo seguían, armados con machetes, picas hondas, arcos y flechas. El cura revolucionario puso fin a los tributos y repartió las tierras de Guadalajara; decretó la libertad de los esclavos; abalanzó sus fuerzas sobre la ciudad de México. Pero fue finalmente ejecutado, al cabo de una derrota militar y, según dicen, dejó al morir un testimonio de apasionado arrepentimiento. La revolución no demoró en encontrar un nuevo jefe, el sacerdote José María Morelos: « Deben tenerse como enemigos todos los ricos, nobles y empleados de primer orden... ». Su movimiento –insurgencia indígena y revolución social- llegó a dominar una gran extensión del territorio de México hasta que Morelos fue también derrotado y fusilado. La independencia de México, seis años después, « resultó ser un negocio perfectamente hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América... una lucha política dentro de la misma clase reinante ». El encomendado fue convertido en peón y el encomendero en hacendado.

Por Eduardo Galeano 

[1] Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid, 1959. la interpretación hizo escuela. Me asombra leer, en el último libro del técnico francés René Dumon, Cuba, est-il socialiste?, Paris 1970: “Los indios no fueron totalmente exterminados. Sus genes subsisten en los cromosomas cubanos. Ellos sentían una tal aversión por la tensión que exige el trabajo continuo, que algunos se suicidaron antes que aceptar el trabajo forzado ...”
[2] Un miembro del Servicio Norteamericano de Conservación, según John Collier.

©2016-paginasmexicanas©